Columnistas

El zorro: ¿halago o insulto?

La astucia no es considerada una virtud en un mundo comunitario; al contrario, es rechazada

Félix Layme Pairumani

00:33 / 31 de julio de 2012

El zorro es el personaje central en muchas narraciones, cuentos y fábulas de diferentes culturas. ¿Cuál es la personalidad o característica del zorro? Es la astucia. Como tal, en los cuentos y fábulas del hemisferio norte, el zorro siempre triunfa, o al menos logra un empate. ¿Qué simboliza entonces en tales culturas? Se puede colegir que la astucia es una virtud.

Como se recordará, hace poco había un ministro en Bolivia con dicho sobrenombre. Una vez le preguntaron los periodistas: “Doctor, a usted lo llaman El Zorro, ¿no se enoja?”, y él respondió enfático: “¡No!, más bien me halagan”. En las naciones del hemisferio norte la astucia es sinónimo de inteligencia, y no está reñida con la moral ni la ética. En sociedades individuales, una persona astuta no está condenada, es decir, no afecta a sus relaciones sociales.

Por otro lado, en el hemisferio sur, concretamente en el mundo andino, y dentro de él, en la cultura aymara, el zorro no significa enteramente una virtud. La astucia no es considerada como positiva en un mundo comunitario. Al contrario, es rechazada. Incluso es muy probable que en la antigüedad haya sido castigada. De hecho, el nombre genuino del zorro es qamaqi, que significa astuto. Sin embargo, tiene varias otras designaciones, alguna que otra es hasta benigna, tal es el caso de tiwula o tío, que es el nombre bueno del zorro.

En las fábulas aymaras el zorro siempre pierde. Como se recordará, ningún hecho y actitud de los personajes de los cuentos andinos son casuales, reflejan una realidad y una manera de pensar. Dentro de una sociedad comunitaria no es posible aceptar que uno de sus miembros sea qamaqi, y esté tramando, clandestina y astutamente, ciertos favores individuales. Entonces, ¿es considerada una ofensa decirle qamaqi a una persona? Por supuesto que sí. Decirle qamaqi a una persona aymara es ofenderlo, y ni siquiera es un insulto leve, sino grave. La persona ofendida le responderá con otro, o quizá hasta recurra a los golpes. Por eso, en tiempos del gamonalismo, los patrones y capataces les gritaban a los indígenas: ¡qamaqis! Les estaban insultando.

Hoy, en una sociedad escolarizada, cuya educación ajena, extraña, fragmentada e incoherente con la realidad, se está distorsionando la genuina personalidad andina.

El resultado final de esa educación es la alienación cultural. Hoy en día los verdaderos qamaqis llegan de otras latitudes a las comunidades indígenas. Algunos prometen el desarrollo y el cielo, imponiendo su propia forma de pensar. Otros ofrecen la libertad y la bonanza. Algunos hablan de los problemas sociales con asombrosa facilidad, por medio de un lenguaje rebuscado e irónico; vendiendo esperanzas e ilusiones del industrialismo occidental a los pobladores colonizados andinos e indígenas; y tras convencerlos les dan credenciales del partido. Los dominados pronto aprendieron, se van seguros a las ciudades, llevando sus credenciales de todos los colores políticos para jugar con ellos mismos.

Es necesario retomar conceptos andinos para un desarrollo integral y armónico; y sobre todo tomar conciencia de su importancia. Las simbolizaciones varían de una cultura a otra, no son iguales en el mundo. Por ello, para ubicarse mejor, para practicar el respeto mutuo en un mundo donde hay muchas visiones, resulta necesario contrastar las propias representaciones con las de otras culturas. Ser genuinos y diferentes no es atentar contra la paz de los otros.

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