Editorial

Abuso infantil

Lamentablemente no son pocos los padres dispuestos a destruir la niñez de sus propias hijas

La Razón

03:24 / 21 de octubre de 2013

Aunque cueste creerlo, no son pocos los padres dispuestos a destruir la niñez de sus propios hijos, a cambio de satisfacer —temporalmente— pasiones enfermas. Por ejemplo, el primer semestre de este año, al menos 22 niñas fueron víctimas de abusos sexuales perpetrados por sus progenitores en El Alto, según registros de las Defensorías de la Niñez y Adolescencia (DNA).

La mayoría de estos hechos salieron a la luz luego de tres años desde que empezaron los abusos. Esto sobre todo porque las niñas y adolescentes resultan embarazas como consecuencia de los reiterados ultrajes. Lo propio ocurre con las menores que también fueron abusadas ya no por sus padres sino por terceros (entre enero y agosto de 2013, las defensorías registraron en total 477 casos de violación a menores de edad en la urbe alteña; de esa cifra, 354 fueron adolescentes de entre 12 y 17 años; 107 menores de entre 6 y 11 años; y 16 víctimas de entre 0 y cinco años).

Como ya antes se dijo en este mismo espacio, la violencia sexual no sólo causa heridas físicas en los niños, sino que además deja cicatrices mentales, que muchas veces comprometen la capacidad de las víctimas para aprender y socializar, lo que a la postre deteriora su desarrollo. Situación que se agrava cuando el abusador es el propio padre. Y es que cuando una niña o un niño son víctimas de la persona que se supone debe darles protección y cariño, su mundo se desmorona. Crece en ellos una raíz de rechazo, cuyos frutos menoscaban su salud física y les impiden mantener relaciones sanas y duraderas.

Además de vergüenza, amargura, irritabilidad, condenación y baja autoestima, el miedo se apodera de su vida. Miedo a sus progenitores, miedo a quedar expuestos, miedo a tener amigos, miedo a cometer errores, miedo a todo.  

Ante esta terrible situación, que también ocurre en el resto de las ciudades del país en mayor o menor medida, cabe preguntarse qué estamos haciendo, colectiva e individualmente para proteger a los niños bolivianos de la violencia. Si a los datos antes mencionados sumamos otras estadísticas y noticias (maltratos físicos y psicológicos, trata de menores, prostitución infantil, violaciones y crímenes a manos de los propios progenitores), lamentablemente la respuesta avergüenza, pues la realidad revela que estamos haciendo muy poco para proteger a nuestra niñez.

Tal parece que frecuentemente nos olvidamos de que todos los niños y niñas tienen el derecho a ser protegidos contra cualquier forma de maltrato, y que es responsabilidad del Estado y de la sociedad en su conjunto garantizar la integridad física y emocional de los más pequeños. Y eso pasa primero por visibilizar y repudiar estos hechos, que suelen pasar desapercibidos o —peor aún— sin ser escuchados y atendidos como debieran cuando salen a la luz.

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