Editorial

Agrosilvicultura

El cultivo de productos agrícolas bajo un dosel de árboles lo vuelve más resistente

La Razón / La Paz

00:52 / 28 de enero de 2012

Los fenómenos climáticos extremos nuevamente están causando estragos en el país. En lo que va del año, al menos 3.619 familias se han visto afectadas por las intensas lluvias, tormentas eléctricas y granizadas, de acuerdo con estimaciones del Viceministerio de Defensa Social. De estos fenómenos, el último en la lista es el que más daño ha causado hasta el momento.

En efecto, el granizo provocó la pérdida de aproximadamente el 60% de los cultivos agrícolas donde cayó, especialmente en municipios de Tarija, Chuquisaca y Potosí, según explicó el titular de esa cartera ministerial, Óscar Cabrera. El caso por ejemplo de Tarbita y Tarabuco, en Chuquisaca, donde se perdió cerca del 95% de la cosecha de tomate y verduras. O los municipios tarijeños de Avilés, Uriondo y Yunchará, que soportaron temporales de granizo y vientos que destruyeron 30 hectáreas de sembradío.

En otras regiones, el mayor daño fue causado por las intensas lluvias. El caso de los Yungas en el departamento de La Paz, donde un riachuelo destruyó un yacimiento aurífero en Lambate, dejando a 100 mineros sin empleo. Más al norte, el río Beni aumentó su caudal y sus aguas se desbordaron, poniendo en riesgo comunidades asentadas en sus orillas.

No cabe duda de que muchos de los efectos climáticos extremos están fuera del control humano. No obstante, en cuanto a los granizos e inundaciones se refiere, además de la construcción de diques o dragados, existe mucho por hacer. Por ejemplo, en este mismo espacio, se ha resaltado en reiteradas ocasiones la importancia de los bosques para encauzar naturalmente los ríos y almacenar grandes cantidades de agua, evitando inundaciones y desbordes. Pero sus virtudes van mucho más allá.

El cultivo de productos agrícolas bajo un dosel de árboles, en combinación con plantas nativas, lo vuelve mucho más resistente ante un clima extremo. Además, necesita menos agua y muy pocos o ningún pesticida ni fertilizante. Y es que los árboles fungen como barreras naturales; reducen la erosión por viento y agua; sirven como fertilizantes, en tanto absorben nitrógeno de la atmósfera o de los suelos y cuando sus hojas caen lo liberan al descomponerse; incrementan la diversidad de especies, muchas de ellas amigables como las abejas; permiten que el ambiente se mantenga fresco y húmedo; virtudes que fueron sabiamente aprovechadas y sobre todo respetadas por generaciones anteriores y por los pueblos originarios. 

Actualmente, bajo el nombre de agrosilvicultura, se está recuperando esta notable costumbre de cultivar productos agrícolas al amparo de los árboles; ciencia diametralmente opuesta a la tradición moderna de deforestar completamente un área boscosa con fines agropecuarios, y que debiera ser no una excepción sino más bien la norma a seguir.

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