Editorial

Alasita

Aprendamos de la Alasita y de los niños, gozando el ahora, esperando el futuro con fe

La Razón

00:00 / 24 de enero de 2012

Hoy se inicia una de las tradiciones más representativas de la cultura paceña: la feria de Alasita. Durante unas cuantas semanas, la población podrá ingresar en una realidad distinta, dentro de un mundo con aires de ficción, pero muy real. Anhelos como una casa grande, un viaje al exterior o un título profesional estarán al alcance de las manos.

Por todo ello, Alasita puede ser entendida como una celebración propicia para soñar, para reír, para darle cuerpo a nuestras ilusiones. En efecto, aquicito, compramos por dos bolivianos las ausencias que nos agobian: la platita, la casita, el autito, el contrato de trabajo. Allacito, compramos por cinco bolivianos la fuerza que nos falta para seguir viviendo: una maleta para conocer el mar, un título para sentirnos importantes, un gallo para compartir el tiempo que nos falta o que nos sobra.

Como en ningún otro momento del año, amontonamos entre los dedos las ausencias y llenamos los huecos que nos ahuecan. Agarramos un montón de plata —un millón de bolivianos, mil millones de dólares, tantos millones de euros— no sólo para subsistir, sino para ser más grandes. Buscamos la casa más magna no sólo para vivir, sino para sentirnos menos encuadrados. Así sujetamos los sueños que nos despiertan cada noche y pensamos que los huecos de la vida se reducen a las grietas de las manos.

De igual manera, esta fiesta nos recuerda que la felicidad, en gran medida, no depende de las circunstancias ni de las posesiones, sino de la perspectiva; que es feliz no quién tiene todo lo que quiere, sino el que quiere todo lo que tiene. Que soñar es gratis y que para dar forma a nuestros anhelos basta la imaginación, un poco de yeso, madera o cartón. Y que al final de cuentas, todo es vanidad y que no hay mayor felicidad para el hombre que alegrarse en su trabajo y buscar el bienestar en medio de sus fatigas; y que esto es don de Dios.

De allí que la Alasita también sea un momento propicio para la reflexión, para considerar por un momento dónde y en quién estamos depositando nuestra esperanza, nuestra confianza: ¿en el Ekeko? ¿En la diosa fortuna? ¿En nuestras habilidades? ¿En nuestra educación? ¿En el dinero? Precisamente un dios es eso, el ser, la persona, o la idea en que confiamos para que garantice nuestra provisión, para que allane el camino hacia nuestros sueños, para que dirija nuestros pasos hacia la felicidad.

Aprendamos pues de la Alasita y de los niños, disfrutemos el ahora, mirando el futuro con esperanza, con fe, con asombro. Que las pequeñas satisfacciones colmen nuestros corazones y que las ilusiones llenen nuestras manos; que nuestros sueños adquieran no sólo forma, sino también grandes dimensiones, y que los problemas se diluyan con humor.

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