Editorial

Aplazos imposibles

Con la nueva ley de educación reprobar a un estudiante resulta toda una travesía

La Razón (Edición Impresa) / La Paz

01:48 / 10 de diciembre de 2014

La potestad de poder expulsar y aplazar a estudiantes indisciplinados y/o holgazanes en la educación primaria y secundaria constituye un aspecto fundamental para alcanzar un buen nivel académico y personas de bien; pues, cuando los alumnos se sienten “intocables” y saben que no hace falta esforzarse para aprobar, el docente pierde autoridad y la desidia reina en el aula.

Pese a este principio elemental de la educación formal, con la nueva Ley de Educación Avelino Siñani-Elizardo Pérez reprobar a un estudiante, ora de primaria, ora de secundaria, resulta toda una travesía. Además de reforzamientos continuos para los rezagados, el profesor necesita justificar el aplazo presentando a la Dirección del colegio no solo los exámenes y trabajos del alumno, sino también informes en los que debe detallar todas las estrategias que ha implementado a lo largo del año por mejorar su aprendizaje y evitar que se llegue hasta esa instancia.

Cuando los padres de familia no están conformes con la reprobación de sus hijos, la ley les permite solicitar a las juntas escolares la “reconsideración” de tal determinación (este año se presentaron 230 solicitudes en todo el país; solo por citar un caso, los progenitores de un adolescente que se aplazó en Inglés sostienen que el método de enseñanza no fue el adecuado, por tanto, la reprobación fue injusta). Y para cada solicitud, la Dirección debe conformar un tribunal compuesto por miembros de la junta escolar (padres de familia) y de la comisión pedagógica del colegio (director y profesores), que evalúa nuevamente el rendimiento del estudiante reprobado, quien a final de cuentas puede ser “exonerado” por encima de la valoración del docente. 

Como es de suponer, para ahorrarse toda esta burocracia y los posibles conflictos con las juntas escolares, la Dirección y sus propios compañeros, la mayoría de los maestros optan por aprobar a los alumnos con la mínima nota, incluso si su rendimiento ha sido defectuoso y su comportamiento inadecuado. Decisión que a la postre sin duda repercute negativamente en la comunidad escolar y en la vida del alumno, quien no aprende a asumir la responsabilidad por sus actos y termina internalizando el mensaje de que no hace falta esforzarse para aprobar y aprender.

En cuanto a la comunidad escolar y la sociedad en general, como bien se sabe es muy fácil que “una manzana podrida” contagie al resto, un principio que se aplica no solo al reino natural sino también en el mundo social. De allí que en escuelas y colegios donde los profesores pierden la autoridad y los alumnos se sienten intocables resulta muy difícil contrarrestar la indisciplina, no solamente durante las clases, sino también en los pasillos y en otros ambientes, dentro y fuera de los recintos escolares.

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