Editorial

Armas químicas

Las armas convencionales deberían generar un repudio similar al que provocan las químicas

La Razón (Edición Impresa)

00:19 / 12 de abril de 2017

El ataque con armas químicas que sufrieron los pobladores de la localidad siria de Jan Shaijun el 4 de abril ha generado repudio en todo el mundo, sobre todo luego de que se difundiesen imágenes de los afectados: al menos 86 muertos y más de 200 heridos, entre ellos una veintena de niños, quienes padecieron vómitos, asfixia, espasmos e irritación en la piel y los ojos.

No sorprende que este crimen de lesa humanidad haya sido rechazado por propios y extraños, así como la imperiosa demanda de que se identifique y procese cuanto antes a los responsables. Tampoco ha sorprendido la reacción visceral de Donald Trump, quien ordenó bombardear la base aérea desde donde, según las agencias de inteligencia estadounidenses, despegó el avión sirio que dejó un reguero de muerte en Jan Shaijun. Decisión asumida sin esperar una investigación independiente y sin la aprobación del Consejo de Seguridad de la ONU, como mandan el derecho internacional y la cordura.

Sin embargo, lo que sí llama la atención es la mirada indiferente de la opinión pública frente a los ataques con armas convencionales en comparación con el uso de bombas químicas; como si se tratase de hechos moralmente aceptables, los primeros, y repudiables tan solo los segundos. Por ejemplo, muy pocos medios se hicieron eco de la historia de Emad, un niño de cuatro años que perdió las dos piernas y un dedo de la mano cuando un misil cayó en el patio de su casa días atrás. Emad es uno de los 10 millones de niños que han resultado afectados por la guerra civil que se inició en 2015 en Yemen, cuando rebeldes hutíes intentaron tomar la ciudad de Aden, y que hoy están siendo bombardeados por una coalición liderada por Arabia Saudita.

Si bien los impactos de un misil convencional como el que cercenó las piernas de Emad no son tan devastadores como los que supuestamente cayeron en Jan Shaijun (según los testimonios, bastaron cuatro explosiones para causar cerca de un centenar de muertos y cientos de heridos), la estela de dolor y muerte que dejan las armas cuyo impacto es “limitado” son igual de terribles. De hecho, en lo que va del conflicto sirio ya han muerto más de 450.000 personas por intermedio de estas armas; y a pesar de ello son cada vez menos las voces que se escandalizan frente a este tipo de ataques.

De allí que condenar enérgicamente el uso de bombas químicas, pero sin hacer lo propio con las convencionales, conlleva el riesgo de “normalizar” el empleo de estas últimas; armas que al igual que las de destrucción masiva son concebidas para causar muerte y dolor, pero también para enriquecer a quienes las fabrican y comercializan. Y “casualmente” los mayores fabricantes de armas del mundo se encuentran en EEUU, y en menor medida en Rusia y en el resto de los países, otra “casualidad”, que defienden las intervenciones armadas para resolver los conflictos internos.

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