Editorial

Bolivia

Bolivia debe dejar de ser promesa, y le toca a las autoridades recorrer ese camino.

00:33 / 07 de agosto de 2016

Al cumplirse ayer 191 años de la creación de la República de Bolivia, como todos los años se hicieron renovadas promesas de amor a la patria y hasta se volvió a invocar el diálogo como mecanismo de encuentro y solución a las diferencias que, aparentemente, son insalvables durante el resto del año. El “cumpleaños” de la patria inspira ideas que debieran materializarse.

No se trata solo de lo económico, donde el país muestra un buen desempeño, pues a pesar de la baja en los precios de los hidrocarburos, negocio que es la columna vertebral de la economía boliviana, la sociedad aún no está sintiendo los rigores de esta significativa reducción de los ingresos nacionales. Los diferentes niveles gubernativos sí, por lo que es previsible que en el mediano plazo comenzará a notarse la paulatina disminución de las obras públicas a cargo de gobernaciones y municipios.

Ahora bien, es en ámbitos como la construcción de institucionalidad donde más avances pueden hacerse, en especial si se materializa la ya señalada buena voluntad de unos y otros en el espectro político. Corresponde a la clase política diseñar las normas que dan origen a las instituciones del Estado, pero al resto de la sociedad le toca hacerlas perdurar, respetándolas y haciéndolas funcionar. El excepcionalismo y los privilegios excluyentes rara vez le hacen bien a la sociedad; gobernantes y gobernados deben tomar eso en cuenta y actuar en consecuencia, sobre todo dada la narrativa del proceso de cambio y los escándalos que en nombre de sus líderes se han suscitado.

Queda pendiente también la diversificación de la economía nacional y políticas más apropiadas para promover y proteger la industria nacional. La industrialización de los recursos naturales a cuenta y para beneficio del Estado ha demostrado ser tarea más difícil de lo inicialmente imaginado; anunciar para dentro de un lustro el arranque de este sueño todavía en construcción deja al país en el terreno de la ilusión, lejos de la certeza. Paralelamente, no todas las medidas favorecen la iniciativa privada en materia productiva; si los derechos laborales y otras conquistas de la clase trabajadora son innegociables, no debiera serlo el otorgar condiciones para que los empleadores de aquellos puedan cumplir con sus obligaciones al respecto.

Los logros no son pocos, tanto en materia de políticas y legislación como en infraestructura, y así lo ha destacado el Presidente del Estado en su mensaje de ayer. Sin embargo, es mucho lo que queda por delante hasta lograr una calidad de vida deseable y que sea común a todas y todos los habitantes del país. Bolivia debe dejar de ser promesa; le toca a las autoridades electas y designadas recorrer ese camino, pero también a la sociedad darle acompañamiento, con trabajo, con iniciativas y, sobre todo, teniendo el bien común como horizonte de la acción.

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