Editorial

Chavela Vargas

La Razón / Subeditorial

00:00 / 06 de agosto de 2012

Ayer murió Chavela Vargas, referente de la música ranchera mexicana y de lo que significa vivir el desenfreno; pero de los buenos, aquellos que se alimentan con pasión y sentido. Como a todos los grandes, le tocó vivir una vida dura, marcada por la pobreza y la violencia sobre aquellos que son y se saben diferentes. No obstante, Chavela jamás se creyó el papel de víctima. A los 17 años abandonó su natal Costa Rica para irse hasta México, escapando de los prejuicios y de aquellas redes de las que debe huir todo artista: la patria, el idioma y la religión, según advierte Joyce en una de sus novelas.

En México, se cruzó con su destino: cantarle al amor y al desconsuelo. Y justamente allí, en el amor convertido en música, fue donde encontró las fuerzas para ser grande. “Las personas, simplemente, aman o no aman. Los que aman, lo harán siempre a todas horas, intensa y apasionadamente. Los que no aman, jamás se elevarán ni un centímetro del suelo. Hombres y mujeres grises, sin sangre”, diría Chavela en una entrevista publicada en la revista Letras Libres en septiembre de 2003.

Ahora no cabe sino llorar por su partida, pues, como bien afirma Savina, el mundo ha perdido “una manera de cantar llorando, un quejío inigualable, una expresividad fuera de lo común”.

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