Editorial

Ciudad boliviana

La ciudad de La Paz reúne al país entero, con sus contradicciones y sus coincidencias

La Razón (Edición Impresa)

00:00 / 16 de julio de 2017

La Paz celebra hoy el 208 aniversario de su grito libertador, que junto al de Charcas (hoy Sucre), el mismo año, encendió la mecha revolucionaria que acabó con el dominio del imperio español en el continente. Más de dos siglos después, esta ciudad, sede de gobierno, sigue siendo el epicentro del conflicto, pero también el lugar donde es posible encontrar la bolivianidad.En efecto, fundada por la necesidad no solo de establecer un lugar de paso para comerciantes y ejércitos durante la Colonia, la ciudad también fue sede de la reunión de “los discordes en concordia”, y desde entonces, pero con mucha más intensidad desde que se volviera sede de los poderes políticos del Estado, La Paz recibe episódicamente el espíritu combativo de la fuerzas enfrentadas, y suelen ser más las veces en que un pacto emerge de dicho enfrentamiento, antes que más conflicto.

Es un lugar común decir que el nombre de la ciudad suena a ironía cuando el paisaje urbano incluye cotidianas marchas y manifestaciones por una u otra reivindicación, pero ésa es su identidad y fuerza, así como de sus habitantes, que hacen del inconformismo semilla revolucionaria y, ojalá fuera, combustible de la transformación.

Pero La Paz no es solo la política tejida de confrontación. También, por su naturaleza de sede gubernamental, es una ciudad cosmopolita, así sea a reducida escala, donde confluyen las nacionalidades culturales de todo el país y toda suerte de extranjeros, que resultan, casi sin excepción, cautivados de una u otra manera por el mundo de la vida paceña y sus habitantes.

Reúne La Paz, así, al país con su enorme diversidad, con sus contradicciones y sus coincidencias; con su vocación solidaria innumerables veces demostrada a propios y extraños; con sus costumbres diferentes y complementarias; con sus fiestas y manifestaciones culturales a flor de piel; con sus muestras de una grandeza a veces latente, a menudo manifiesta.

La Paz celebra 208 años de su grito libertador y es buena la ocasión para celebrar ese espíritu que hace de este suelo, como decía el refrán revolucionario, “cuna de valientes y tumba de tiranos”, un referente inevitable de la potencia boliviana resumida en sus habitantes, con sus defectos y virtudes, pero sobre todo, con su voluntad de ir más allá de donde el conformismo de unos cuantos señala como horizonte posible.

Celebramos, pues, a la ciudad donde el prócer Pedro Domingo Murillo dejó “una tea encendida” para iluminar el camino de la libertad, esa que nada ni nadie debe quitar a las y los bolivianos, que desde sus diferentes posiciones económicas, sociales e ideológicas luchan y sueñan con un futuro mejor para sí y los suyos. Asimismo, hacemos votos para que esos valores que dan sustento a la libertad sigan siendo consagrados en el altar de la bolivianidad y que cada día sigan inspirando la construcción de un país grande, fuerte y, sobre todo, unido.

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