Editorial

Ciudad y letras

‘Pero su rostro arquitectónico es más frío, más remoto, parece que hace una mueca’.

La Razón Digital / Carlos Villagómez

00:31 / 31 de enero de 2017

Tengo envidia de la narrativa urbana que logran los grandes poetas y literatos. Me invade una satisfacción mayúscula al leer esos textos que nacen del sosiego y la mesura del genio. Son cotas elevadas, varas muy altas de una prosa que, a veces, la necesitas recordar para callar a algunos.

Cada ciudad tiene sus clásicos. Cito dos ejemplos. La ciudad de las columnas, de Alejo Carpentier de 1970, con bellas fotografías de Paolo Gasparini. Una edición que el tiempo impregnó del olor a vejez de esa La Habana de antaño: portones, herrerías, “guardacantones” y mil detalles plasmados en  esas páginas.  En segundo lugar  mencionaré al turco Orham Pamuk, el premio Nobel y su bello relato autobiográfico de la ciudad que lo vio nacer, Estambul.

Nuestra ciudad tiene a Arturo Borda y Jaime Saenz como sus exponentes atemporales. Admiro sus textos sobre las paradojas lumínicas de La Paz: la oscuridad de las almas andinas soterradas en chinganas confrontada con la extrema luminosidad del Illimani, nuestro eterno Resplandeciente.

Pero esta ciudad cambió y está difícil de digerirla y aceptarla. Y eso lo sentía cuando un amigo, envanecido y dicharachero por la vista desde un bar muy cool de la zona Sur, se alegraba del cambio arquitectónico y urbano. Qué miradas tan diferentes se reunían en esa terraza: él con manifiesta algarabía y yo con profunda tristeza.

Pero no pude expresar mi rechazo de una manera convincente tal como lo hacen esos grandes de la palabra. No podía, por ejemplo, recordar párrafos de un hermoso texto, New York reinventada, que Pete Hamill escribió hace poco. El autor recuerda la ciudad que conoció a sus ocho años con enorme nostalgia, mientras percibe receloso la ineluctable transformación de Manhattan, la capital del planeta por excelencia. Hamill, inteligente y sensible, escribe: “Pero conforme avanzo en las  ambigüedades de la vejez, donde las maravillas a menudo se mezclan con los arrepentimientos, mi corazón suele apesadumbrarse con lo que veo”. Gracias Pete, eso sentía de Calacoto en esa terraza.

Sigue: “La ciudad es más saludable y más prospera que cuando yo era joven. Pero su rostro arquitectónico es más frío, más remoto, parece que hace una mueca”. Y en otro párrafo, también sobre los edificios: “Sus rostros son en su mayoría inexpresivos, sus fachadas están llenas de resistencia ante la locura humana, el chisme, la imperfección o la necesidad; parece improbable que de ahí surja un Henry James o una Edith Wharton”. Cierto de nuevo Pete. De este Calacoto tampoco, de esos bloques anónimamente acristalados no saldrá un Borda ni un Saenz. 

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