Editorial

Crispación

La crispación se observa en declaraciones que, por el tono, pierden eficacia simbólica.

La Razón (Edición Impresa)

00:26 / 29 de mayo de 2016

La política boliviana parece haber entrado a un estado de crispación. Las últimas semanas la ciudad de La Paz fue escenario de cotidianas movilizaciones cargadas de violencia, lo mismo que de declaraciones altisonantes, que recibieron amplia cobertura mediática, creando una sensación de incertidumbre en la población, que sabe lo que pasa por lo que otros le cuentan.

La crispación se observa en declaraciones que, por el tono, pierden eficacia simbólica. Ocurrió, por ejemplo, en una reciente interpelación parlamentaria, en la que los legisladores opositores redujeron el tema a una sucesión de ironías e insultos contra el interpelado, lo que dio pie a la autoridad a referirse muy apenas al tema de la agenda y abundar en una explicación sobre la naturaleza y los modos de la conspiración, que por el modo en que fue expuesta terminó diluyendo el mensaje en las formas.

En el camino, el oficio periodístico se contagia de la crispación y confunde sus caminos. Acusados de estar orquestando el fracaso de la gestión a través de la manipulación de las conciencias, medios y periodistas se dan a la tarea de acentuar las contradicciones entre ellos y el Gobierno, así como en la acción gubernamental en sí.

En ese contexto, a nombre de la libertad de prensa —hermana de la de pensamiento— comienza a afectarse el derecho a la libertad de expresión. De un lado, cotidianamente se vulnera el derecho de las personas a recibir informaciones completas, a través de la difusión de denuncias, muy a menudo exentas de rigor periodístico pero tomadas como ciertas solo por la notoriedad de quien las enuncia, lo cual estimula ideas rápidas y apasionadas, en lugar de proveer elementos que ayuden a comprender la complejidad del debate y sus implicaciones para el bien de la democracia. Del otro, se escuchan destempladas amenazas de introducir legislación potencialmente restrictiva —de no ser inaplicable— para prevenir que opiniones individuales, a menudo inspiradas por la desinformación, circulen en el espacio de las redes sociales.

Como resultado, la opinión pública se polariza, y aunque no toda la sociedad civil participa de la toma de posiciones extremas, los medios y sus gestores crean espirales en las que paulatinamente van perdiendo relevancia las posturas favorables a la búsqueda de consensos. Quienes buscan los medios para reforzar sus opiniones encuentran, así, consignas en lugar de argumentos.

Y aunque ninguno de los extremos tiene suficiente fuerza de razón, ambos creen que tienen dominio del campo simbólico donde, en realidad, crece la incertidumbre, pero sobre todo la desconfianza, en las instituciones y las personas que las representan, lo cual da como resultado comportamientos anómicos e intolerantes. Tal vez es tiempo de pensar con calma y comprender que los errores que comprometen la salud de la democracia se cometen en todos los bandos de la querella política.

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