Editorial

Cumbre del G20

Las conclusiones de la Cumbre del G20 relativizan los daños de la especulación financiera.

La Razón (Edición Impresa)

00:00 / 10 de septiembre de 2016

La reciente cumbre del grupo de los 20 países más industrializados del planeta (G20), que tuvo lugar en China, fue escenario de la reunión que menos acuerdos ha logrado para el crecimiento y desarrollo en sus 17 años de convocatoria, y únicamente se dieron meros anuncios de reactivación de la actividad económica global basada en los principios del libre mercado.

Muy a pesar de los diversos informes de organismos como el Banco Mundial (BM) o el Fondo Monetario Internacional (FMI), que alertan sobre una virtual recesión mundial en la que países industrializados y emergentes tendrán muy serias dificultades para retomar las tasas de crecimiento de la última década, el tema económico y su relación con el mercado como aquel espacio casi mágico capaz de autorregenerarse ha sido relegado.

El eslogan del encuentro fue “Civilizar el capitalismo”, enunciado que pretende resaltar el descontento social que impera en todo el orbe respecto a la economía mundial, y no solo por los impactos ambientales del sistema capitalista, sino también porque el número de personas sumidas en la pobreza sigue en aumento, mientras las brechas de desigualdad entre ricos y pobres se muestra como las más pronunciadas de la historia reciente.

Al parecer las perspectivas en el ámbito económico no son muy alentadoras, toda vez que el G20 selló esta materia dándole mayor tolerancia al mercado y prácticamente condenando al proteccionismo de Estado, que, sin embargo, es el eje de muchas políticas económicas de los países industrializados que construyen barreras al comercio con medidas tributarias, arancelarias y pararancelarias, colocando en situación de desventaja competitiva al resto de las naciones negándoles sistemáticamente la oportunidad de acceder a sus mercados.

Por otro lado, se observó que la receta casi universal del FMI y del BM de recortes fiscales frente a una crisis puede resultar socialmente contraproducente si las políticas económicas no garantizan la restauración del potencial de crecimiento perdido y evitan al mismo tiempo la reducción del desempleo estructural. En resumidas cuentas, la vieja ortodoxia y conservadurismo prevalecen como métodos incólumes de aplicación económica sin que se conviertan en soluciones estructurales que garanticen un crecimiento sostenible y una distribución equitativa de la riqueza.

“Civilizar al capitalismo” significaría entonces pretender volver mansos a los tiburones que desde las transnacionales y centros financieros definen el destino del capital y se apropian para luego concentrar la riqueza mundial en pocas manos. En este sentido, las conclusiones de la Cumbre del G20 relativizan los daños de la especulación financiera, un peligroso “virus” que hoy afecta a todo el sistema económico mundial. Por lo pronto, el planeta queda con una luz tenue al final del túnel.

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