Editorial

Deforestación

No se trata de suspender las actividades descri-tas en nombre de una preservación.

La Razón (Edición Impresa)

00:25 / 31 de enero de 2017

Después de Brasil, Bolivia es el país que pierde más superficie boscosa cada año en el continente. A escala global, el país tiene el deshonroso séptimo lugar entre las naciones que más deforestan. El tema merece atención no porque Bolivia deba servir de guardabosques global, sino porque la deforestación causa severos problemas climáticos dentro del país.

En efecto, según datos del Viceministerio de Medio Ambiente, en Bolivia se talan cada año un promedio de 204.000 hectáreas de bosques (una hectárea es equivalente a la superficie de una cancha reglamentaria de fútbol). Las causas para esta acelerada pérdida de superficie boscosa son al menos cuatro, de acuerdo con diversas fuentes consultadas por este diario: la ganadería; la agricultura, tanto la mecanizada como la familiar; la exploración hidrocarburífera; y la expansión urbana.

En el caso de las actividades agropecuarias, el proceso es aún más conflictivo, pues en la mayoría de los casos el bosque es arrasado por el fuego, lo que significa que junto con la pérdida de masa boscosa también se produce contaminación por las quemas. En cualquier caso, esta pérdida impacta además en los productores, que afrontan sequías e inundaciones, con el consiguiente daño a su producción.

En los últimos años, el Gobierno ha estimulado de manera entusiasta la expansión de la frontera agrícola como la mejor manera de promover la producción de alimentos, tanto para el consumo interno como para la exportación. Sin embargo, y pese a medidas tan polémicas como la aprobación del uso de semillas genéticamente modificadas —lo cual se prohíbe explícitamente en la Constitución—, no se ve que la productividad de la tierra haya mejorado, lo que en el mediano plazo podría significar que habrá más tierra cultivada para seguir obteniendo la misma cantidad de alimentos.

En el caso de la expansión urbana, el problema está en la falta de planificación y medidas apropiadas para reponer la superficie boscosa que es eliminada para dar lugar a nuevos asentamientos humanos. Está demostrado que en aquellas ciudades que han eliminado sus cinturones boscosos ahora llueve menos, se registran temperaturas extremas y hasta mayor cantidad de vientos huracanados.

Finalmente, en el caso de la exploración en busca de nuevos yacimientos de hidrocarburos, hay que considerar que el futuro de las energías fósiles es poco halagüeño, precisamente por el daño ambiental que produce a lo largo de toda la cadena, desde la exploración hasta el uso final.

No se trata de suspender todas las actividades antes descritas en nombre de una preservación ciega de los bosques y las selvas, sino de considerar que el desarrollo a corto plazo no debe poner en riesgo el futuro de las nuevas generaciones, lo que exige un manejo sostenible de los recursos. Sin duda es posible equilibrar las necesidades de la población con la conservación del medio ambiente.

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