Editorial

Delitos ambientales

Según la ONU, el delito ambiental es la cuarta mayor empresa criminal del planeta.

La Razón (Edición Impresa)

22:51 / 07 de junio de 2016

Con motivo del Día Mundial del Medioambiente, que se celebró el domingo, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) difundió un informe en el que alerta que las redes de crimen organizado que trafican con animales y recursos naturales de forma ilegal mueven hasta $us 258.000 millones cada año, un 26% más que en 2014.

Esta colosal cifra sitúa al delito ambiental como la cuarta mayor empresa criminal del planeta, superada solamente por el tráfico de armas, el narcotráfico y el tráfico y trata de personas. Es decir que constituye un ilícito mundial de descomunales proporciones, con ingentes cantidades de recursos para burlar los controles estatales y comprar consciencias en todos los niveles, con tal de conservar y hacer crecer su próspero negocio. A pesar de ello, siempre según la misma fuente, los organismos internacionales destinan apenas entre 20 y 30 millones de dólares para luchar contra este mal. Por ello, no causa mucha sorpresa que el número de especies amenazadas aumente cada año a lo largo y ancho de todo el orbe. De hecho, al menos la mitad de las poblaciones de mamíferos, aves, reptiles, anfibios y peces han desaparecido en los últimos 40 años, según advierte The Living Planet Report 2015, un prestigioso reporte que evalúa periódicamente la salud del planeta.

En ese tiempo, entre varios otros ejemplos, más de un cuarto de la población de elefantes ha sido exterminada, el número de tigres se redujo de 100.000 a 3.000 ejemplares, tan solo quedan 900 gorilas en el planeta, y los rinocerontes han sido literalmente diezmados (únicamente quedan cuatro rinocerontes blancos y 27 rinocerontes de Java, y las otras subespecies también están al borde de la extinción).

¿Y cómo andamos por casa? Pues no muy bien, ya que, según estimaciones de la Red Nacional de Voluntarios Ambientalistas, al menos 314 de especies se encuentran amenazadas, de las cuales al menos 68 están en peligro de extinción, como consecuencia de la caza furtiva y la destrucción de su hábitat. Es el caso de los delfines rosados, cuyo número no supera los 1.000 ejemplares, en parte debido a que son utilizados como carnada para atrapar a otros peces en los ríos de la Amazonía boliviana, tal como se alertó días atrás en este mismo espacio. Y lo propio ocurre con los pumas, los cóndores, las parabas azules y los quirquinchos, por citar solo algunos ejemplos.

De allí la importancia de intensificar los esfuerzos en el país para proteger a esas y otras especies de animales amenazados. Pero también viene siendo hora de que los organismos internacionales tomen cartas en el asunto, contrarrestando las destructivas reglas de comercio medioambiental que están mermando la biodiversidad del planeta. De ello depende que se pueda garantizar el derecho de las futuras generaciones a vivir bien, en un entorno saludable.  

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