Editorial

Día de la Madre

Para la mayoría de las mamás no existe la frase ‘no se puede’ a la hora de criar a sus hijos

La Razón (Edición Impresa) / La Paz

00:04 / 27 de mayo de 2014

No cabe duda de que no hay amor más grande entre las personas que aquel que sienten las madres hacia sus hijos. Si bien la frase anterior se ha vuelto un lugar común, no deja de ser cierta, y la mejor prueba de ello deviene de todos los sacrificios que han hecho (y seguirán haciendo) las madres a lo largo de la historia por el bienestar de su descendencia.

No son pocas las mujeres que asumen por sí solas la crianza de sus vástagos y de otros familiares en todas las regiones del mundo, trabajando dentro y fuera de sus hogares, restándole horas a su sueño e incluso embargando su salud con tal de asegurarse de que sus hijos tengan algo que llevarse a la boca cada día, ropa limpia, una cama dónde dormir y educación para asegurarse un mejor futuro.

Son también muchas las madres que, en caso de necesidad, no manifiestan ningún reparo en realizar labores que muchos hombres descartan por vergüenza, como salir a las calles a vender productos, limpiar baños o calles, atender enfermos o ancianos, e incluso están dispuestas a vender su cuerpo. Y es que para la mayoría de las mamás no existe la frase “no se puede” a la hora de criar a sus niños y niñas, y saben perfectamente que la maternidad, además de ser una experiencia edificante y maravillosa, constituye un gran privilegio pero también una gran responsabilidad.

De allí que no sea casualidad que varios estudios y experiencias demuestren que el empoderamiento de las madres de escasos recursos es mucho más efectivo para la lucha contra la pobreza que aquellos proyectos enfocados hacia los padres. Esto porque, en general, las mujeres orientan sus recursos y esfuerzos hacia el bienestar de sus familias, cosa que no siempre ocurre con los varones.

Cómo se explican, pues, estas virtudes. Quizás con una sencilla palabra: amor, poderoso sentimiento que permite que todas las cosas sean fáciles de hacer, por muy difíciles que parezcan. Por ejemplo, cuando se le pregunta a la fundadora de Alalay, Claudia Gonzales, cómo pudo formar un hogar no solo para sus hijos, sino también para cientos de niños de la calle con apenas 18 años, escasos recursos y muy poco apoyo en un principio, contesta que “hay dos cosas muy importantes en la vida: el amor y la fe. El amor permite que todas las cosas sean fáciles de hacer y la fe, que todas las cosas sean posibles. No hay nada tan difícil que el amor y la fe no lo puedan alcanzar, esa es mi experiencia”.

No cabe duda de que con la maternidad las responsabilidades aumentan, sin embargo, las tareas cotidianas e incluso laborales se vuelven más llevaderas. Y es que el amor filial constituye una fuente de gozo, pero también de ánimo, que tiene la virtud de suspender el egoísmo, principal germen de la amargura, y hacer de las madres el mayor tesoro que tienen los niños al llegar a este mundo.

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