Editorial

Dinastía Kim

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02:10 / 21 de diciembre de 2011

El sábado, murió el mandatario norcoreano Kim Kong-Il, quien estuvo en el poder durante 17 años, luego de sucederle en el cargo a su padre, Kim Il-Sung, el “gran líder”, primer presidente y fundador del régimen comunista, tras la guerra de Corea en 1953. Ahora, Kim Yong-Un, de 29 años, hijo del dictador fallecido, asume el poder en un país asolado por las carencias, el retraso y la falta de libertad.

En una zona donde confluyen intereses políticos, militares y económicos de importantes potencias (China, Rusia, EEUU, Japón y Corea del Sur), la muerte de Kim Jong-Il genera una fuerte dosis de incertidumbre; especialmente si se toma en cuenta la juventud y escasa experiencia de su sucesor, obligado a manejar los hilos de un régimen que debe gobernar    a más de 24 millones de habitantes, que han sufrido durísimas condiciones en el pasado, y cuyo desarrollo se halla íntimamente ligado al impulso militar.

De todas maneras, esta transición puede significar una inigualable oportunidad para conseguir un acercamiento entre Corea del Norte y el mundo. De hecho, el periódico surcoreano Joongang informó el lunes, antes de que se anunciara el deceso de Kim Jong-Il, de que Pyongyang comunicó a Washington su predisposición a considerar la suspensión de su programa nuclear a cambio de ciertas prerrogativas.

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