Editorial

Energía limpia

Uruguay es un buen ejemplo de que una revolución en tal sentido es posible

La Razón (Edición Impresa) / La Paz

02:07 / 15 de diciembre de 2015

El acuerdo de lucha contra el cambio climático que se adoptó el domingo en París reconoce la necesidad de eliminar paulatinamente el uso de combustibles fósiles, para evitar que la temperatura promedio del planeta se incremente en 1,5 grados. Ciertamente una tarea compleja, en especial por los grandes intereses, privados y gubernamentales, detrás de este sistema.

Por caso, la subvención de combustibles fósiles en el mundo es cinco veces mayor a la de las energías de renovables, según la Agencia Internacional de la Energía. Y es que, como bien se sabe, la energía es hoy en día el principal motor del mundo moderno; de hecho es el único insumo presente en la cadena productiva de cualquier bien, desde la elaboración de alimentos y bebidas, pasando por prendas de vestir y cosméticos, hasta complejos aparatos como vehículos y aviones.

Por este motivo, los Estados hacen grandes esfuerzos para que este insumo llegue a todos los hogares y abastezca a las industrias. Esfuerzos que, como es de suponer, hoy están dirigidos principalmente hacia las fuentes de energía no solamente más seguras, sino también más baratas, tales como los carburantes. Empero, ahora se sabe que los combustibles fósiles son los principales emisores de CO2 y de otros gases de efecto invernadero que están incrementando la temperatura del planeta. Fenómeno climático cuyos efectos han comenzado a dañar las condiciones de producción de alimentos, de suministro de agua e incluso la supervivencia de los animales.

De allí que, después de cerca de dos décadas sin ponerse de acuerdo, el pasado fin de semana, como comentamos ayer en este mismo espacio, los países miembros de las Naciones Unidas finalmente suscribieron un acuerdo en el que se acepta la necesidad de sustituir los combustibles fósiles por nuevas fuentes “limpias” de energía, como las que producen los paneles solares o los parques eólicos. Y que si bien su desarrollo en la mayoría de las naciones está aún en pañales, bien vale la pena invertir en ellas, pues además de evitar riesgos innecesarios y reducir la polución, no necesitan ser subvencionadas y son renovables, condiciones esenciales para garantizar la soberanía energética y a la vez combatir el calentamiento.

Uruguay es un buen ejemplo de que una revolución en tal sentido es posible. Actualmente el 84% de su electricidad viene de recursos propios como el viento, el sol, la lluvia o la quema de desechos de los cultivos agrícolas; y según estimaciones del Gobierno charrúa, las energías verdes alcanzarán pronto el 40% de la matriz energética local, cuando el promedio mundial no supera el 17%. Para lograr este cambio, Uruguay hizo de las energías limpias una política de Estado en 2010, y en los últimos tres años ha invertido cerca de $us 2.500 millones en parques eólicos. Un enfoque sin duda visionario y saludable que debe emularse por todo el planeta.

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