Editorial

Erudición sin límites

El mundo llora la partida de Eco, uno de los intelectuales más eruditos y lúcidos de la historia

La Razón (Edición Impresa) / Editorial

00:42 / 24 de febrero de 2016

El viernes, horas antes de que a los bolivianos se les preguntase si deseaban modificar o no un artículo de la actual Constitución Política del Estado, el mundo de las letras amaneció con la triste noticia de la partida de Umberto Eco, considerado como uno de los intelectuales más relevantes y lúcidos del siglo que ya se fue y también del que recién empieza.

Tras su fallecimiento, periodistas, escritores y académicos aprovecharon la ocasión para comentar sobre el extraordinario legado de Eco al mundo de las letras, primero como docente e investigador académico, especializado en semántica (ciencia que estudia el sentido-significado de las expresiones lingüísticas como las palabras o los símbolos). En este ámbito el académico italiano, doctor en Filosofía y Letras, desarrolló textos teóricos de gran valor como Lector in fabula, en el que analiza, entre muchos otros aspectos, la importancia del lector dentro de la obra para la producción de sentidos durante la lectura.

Eco descolló asimismo en el ámbito de la narrativa, creando obras magistrales como El nombre de la rosa (1980), su primera novela, que deslumbró a los lectores con un relato de corte policial ambientado en Medioevo, en el que echa mano de referencias teológicas y del pensamiento de los filósofos griegos, en particular de Aristóteles, para poner en crisis los dogmas de la Inquisición. Y por debajo de este cuestionamiento erudito entreteje una exquisita historia de amor, que a su vez pone en cuestión los valores de la sociedad.

La etapa periodística del intelectual italiano también es ampliamente reconocida, sobre todo gracias a los artículos de opinión que publicó durante décadas en los diarios más prestigiosos del planeta. Incluso La Razón tuvo el privilegio de tenerlo como columnista desde 2011 hasta 2013. Tiempo en el que difundimos ensayos magistrales como Vida de perro, en el que Eco reflexiona sobre la amplia literatura antigua relacionada con la capacidad de los canes para razonar, y en particular las obras de los filósofos griegos.

Esta sapiencia también puede encontrarse en sus ensayos teóricos como La búsqueda de una lengua perfecta, libro que se desarrolla en torno al afán por encontrar un idioma perfecto que sea accesible a toda la humanidad, y en el que incluso se mencionan obras que fueron escritas por estos lados hace siglos, tales como Arte de lengua aymara, publicada en 1603 por el jesuita Ludovico Bertonio; o La lengua de Adán, escrita por Emeterio Villamil de Rada en 1860 para ponderar algunas de las virtudes del aymara, una “lengua adánica, expresión de ‘una idea anterior a la formación de la lengua’, basada en ‘ideas necesarias e inmutables’ y, por lo tanto, lengua filosófica, si es que alguna vez las hubo”, comenta Eco. Ciertamente una extraordinaria erudición, puesta al servicio de una de las mentes más lúcidas de la historia, que afortunadamente perdura en sus obras.

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