Editorial

Espíritu de la Navidad

La Navidad es la fiesta de los buenos deseos, de la generosidad con el prójimo.

La Razón (Edición Impresa)

00:00 / 25 de diciembre de 2016

Como todos los años, la llegada de la Navidad es la ocasión para sentir el renacimiento del espíritu. Precedida por los cuatro domingos de Adviento, la fiesta de celebración del nacimiento del Hijo de Dios, para la cultura cristiana, es el tiempo del recogimiento y la reflexión, que pueden inspirar los propósitos que las personas suelen hacer cada nuevo año

Este año la Navidad viene precedida también de varios sucesos perturbadores, de retrocesos políticos, en el país y en el mundo, que han afectado la capacidad de algunos para leer la realidad y reemplazan el buen juicio con enojo, con agresiones, como sucedió días atrás en la última sesión de la Asamblea Legislativa Plurinacional, donde los argumentos quedaron relegados en favor de la agresión mutua.

Por esos y otros motivos similares hay que recordar que nunca el odio y el enojo han prevalecido por mucho tiempo, aunque sí lo suficiente para causar grandes daños a los colectivos humanos (y el Siglo XX está lleno de ejemplos), dejando dolor y arrepentimiento.

Es, pues, el tiempo de la grandeza de espíritu, de la generosidad con propios y extraños, para lo pequeño y mucho más para lo grande; ya que así como el mundo contemporáneo nos ha convencido de que la Navidad también puede ser la fiesta de los regalos, hay que recordar que los mejores presentes son los que provienen del alma, y por eso alimentan el espíritu, el individual y el colectivo.

Esta es la fiesta de los buenos deseos, de las buenas acciones, que son siempre más elocuentes que las palabras escritas y pronunciadas; por ello es tan importante meditar cada paso, cada gesto, no para quedar bien porque es la época del año en la que todos quieren ser y parecer mejores, sino porque se desea, sinceramente, aportar al bien común en éste y todos los días del año.

Navidad, pues, es el tiempo en que se puede dar paso a una nueva actitud en todos los ámbitos de la vida pública y privada; cuando las rencillas pueden ser redimensionadas hasta caber en los límites de una discusión sincera y respetuosa, en lugar de los insultos y ataques que con tanta frecuencia se escuchan en las salas de reuniones, en los medios de comunicación y en las calles; dando lugar a un ámbito en el que las ideas no necesitan ser impuestas por la fuerza o la coacción, sino con argumentos convincentes y razonables.

Navidad es, pues, el tiempo cuando podemos, cristianos y no cristianos, recordar que somos hermanos sin importar el origen cultural o étnico, el aspecto físico, el color de piel, la ideología personal o la identidad sexual y de género. Cuando es posible no solo soñar un mundo mejor, sino sobre todo comprometerse para hacerlo posible. Y si la tarea no puede ser cumplida en un solo año, saber que luego vendrán otras navidades, para hacer balance y sumar fuerzas al propósito, que solo puede hacernos bien a todos.

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