Editorial

Falso debate

Estos retos deberían llevar a una reflexión sobre el refrescamiento inteligente de la política económica.

La Razón (Edición Impresa)

00:00 / 23 de septiembre de 2017

La discusión terminológica sobre lo que se entiende como “desaceleración económica” está ocultando los verdaderos retos que la política económica enfrentará en los próximos años. El debate político está atrapado en simplificaciones que solo alimentan la polarización y que no contribuyen a una comprensión compleja de los problemas del país.

Parecería que la discusión sobre la política económica se resume al intento de imponer dos narrativas simplificadas: una, la oficialista, en la que no pasa nada, donde el crecimiento es óptimo y las tormentas externas están pasando sin afectarnos; la otra, la opositora, que ve en la “desaceleración” la validación de que se viene, ahora sí, el apocalipsis económico que algunos han venido anunciando desde hace una década.

¿Qué dicen los datos? Que el crecimiento económico en este año se situará en torno al 4%, valor que es menor al promedio anual de 5% del decenio. Hay pues una “reducción”, “desaceleración” o el término que mejor convenga para calificar algo que está por debajo de lo acostumbrado. Hacer demasiadas contorsiones sobre esa realidad afecta la credibilidad de la palabra gubernamental.  

Ahora bien, ¿ese desempeño es un desastre o el camino al “infierno”? Tampoco, se trata de una cifra bastante razonable en un periodo de fuerte contracción global del mercado de materias primas y que está muy por encima del desempeño de América Latina, que el año pasado decreció y que en este 2017 apenas crecerá un modesto 1,1%. La expansión de la inversión pública para sostener la demanda interna parecería no haber sido tan errada como dicen algunos. En varios países vecinos la receta procíclica de reducción brusca del gasto público y de devaluación con consecuencias inflacionarias, ha profundizado la recesión. Al punto que los ortodoxos empresarios peruanos andan pidiendo una reactivación de la inversión pública para alentar el débil crecimiento de ese país.

Este falso debate distrae de las verdaderas preguntas sobre el futuro de esta política que, por ejemplo, se perciben en los reportes del Fondo Monetario Internacional y de la CEPAL. En ambos se reconocen los logros de las políticas vigentes pero también se llama la atención sobre su sostenibilidad en escenarios en los que la economía global seguirá convaleciente. Por ejemplo, ya no parece muy probable que los precios del gas y de otras materias primas se recuperen a la velocidad que se pensaba hace tres años. Por tanto, aunque el motor de la economía sea la demanda interna, ésta se verá obviamente afectada por la persistencia de elevados déficits públicos y menos divisas.

Estos retos deberían llevar a una reflexión constructiva sobre el refrescamiento inteligente de la política económica a la luz de estas nuevas informaciones y escenarios. Ambas entidades concuerdan que existen los recursos y cierto tiempo para que se hagan esas modulaciones sin rupturas.

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