Editorial

Falsos afanes

Tal parece que es el tiempo de las redes sociales y de la política del escándalo

La Razón (Edición Impresa)

23:28 / 22 de junio de 2018

El ritmo del debate público está siendo marcado por una serie de sucesos que generan fuertes polémicas, que luego se dejan de lado con una rapidez pasmosa. Es el tiempo de las redes sociales y de la política del escándalo. Lo importante termina siendo opacado por la urgencia, e incluso también por la anécdota sin consecuencia.

Tal parece que en los últimos años la agenda informativa se ha (des)estructurado cada vez más en torno a eventos que generan grandes discrepancias en las redes sociales y en los medios, pero luego de unos días de fugaz fama se extinguen, mientras la atención de la opinión pública pasa a otra cosa. Con frecuencia el debate se organiza desde posiciones maniqueas que apelan a emociones negativas como la indignación, la desconfianza o incluso el odio. Es más importante saber si uno está “a favor” o “en contra” de alguna situación que entender su origen o buscar soluciones, que son frecuentemente complejas.

Ya envuelta en una etapa electoral prematura, la política parece no contar con más argumentos que la descalificación moral del adversario, ya sea en vivo y directo o por medio de las redes. Asimismo, prevalecen las estrategias defensivas en las que unos y otros se dedican a sembrar la desconfianza en el oponente o a responder desordenadamente a las descalificaciones de la jornada. Un escándalo suplanta a otro en una secuencia a veces sin sentido ni consecuencias. La política ya no transmite grandes relatos motivadores o explicaciones articuladas de los problemas del país.

La lógica de las redes sociales tampoco ayuda a enriquecer estas discusiones, en la medida que se han vuelto espacios para la circulación de informaciones sin verificación, memes simplificadores y emociones descontroladas. La lógica endogámica de los grupos digitales conformados principalmente por gente cercana hace difícil que se pueda conversar sobre algún suceso desde diversos puntos de vista. Ciertas cuestiones no pueden argumentarse razonablemente en 140 caracteres o conversarse serenamente en medio de insultos y descalificaciones.

Además de alentar la polarización y debilitar el debate democrático, estas prácticas contribuyen a descomponer la calidad de la agenda pública. Sucesos que podrían alentar una reflexión constructiva acerca de los problemas estructurales del desarrollo nacional tienden a acabar en un griterío de descalificaciones o ni siquiera son tratados. Estamos fragilizando nuestra capacidad de aprendizaje colectivo.

Por supuesto, los medios de comunicación tienen parte de responsabilidad en este estado de situación. De allí que necesitamos estar más alertas para eludir las distracciones, evitar la confrontación gratuita y mejorar la calidad informativa, contextualizando las noticias, enriqueciendo las opiniones plurales sobre un mismo tema y alentando conversaciones ciudadanas informadas.

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