Editorial

Fiesta de Urcupiña

Esta mercantilización de la fe nos revela que la lógica del mercado acapara hasta los ámbitos espirituales

La Razón (Edición Impresa) / Mitsuko Shimose

00:03 / 17 de agosto de 2014

A principios de la Colonia, al sudoeste de Quillacollo, en Cochabamba, una señora con un hermoso niño en brazos se le apareció a una jovencita que cuidaba del rebaño de ovejas de su familia. Habló con ella por horas en su idioma nativo: el quechua. Transcurrió el tiempo y la pastorcita se encontraba día tras día con esta señora y su hijo, con quien jugaba en las aguas de una vertiente.

Los padres de la niña, al darse cuenta de la frecuencia con la que llegaba tarde a casa, le preguntaron la razón. Ella quiso llevarlos no solo a ellos al lugar para que viesen a esta señora y a su niño, sino también a gran parte de la comunidad.

Gracias a estos trajines, la niña tardó más de lo habitual a la cita con la santa, así que ella decidió ascender al cerro.

Cuando la pastorcita llegó acompañada por sus familiares, percibió que “la mamita”, como ella le decía, ya no estaba. Alzó la vista y vio que estaba subiendo el cerro, por lo que empezó a gritar: “urqupiña, urqupiña”, que significa “ya está en el cerro”. Al llegar a la cima, la señora desapareció, pero la multitud logró ver una imagen celestial que se esfumaba. Esta imagen fue trasladada por los comunarios a la capilla de Quillacollo. Desde ese entonces es conocida como la Virgen de Urcupiña, realizadora de milagros para sus devotos.

Desde esa época, en Quillacollo se celebra la fiesta de Urcupiña en agosto. El acontecimiento comienza con una entrada folklórica —forma pagana en la que en Bolivia se demuestra la fe—, continúa con la misa al día siguiente, y culmina en el cerro Cota, que es donde la Virgen ascendió.

Una vez en el calvario, uno de los ritos que llama la atención de propios y de extraños es la extracción de pedazos de piedra en señal de préstamo de bienes espirituales y materiales, con la promesa de volver al año siguiente para devolver los correspondientes intereses.

Esta “mercantilización de la fe” nos muestra que la lógica del mercado acapara hasta los ámbitos espirituales. No puedo ni imaginarme a santos usureros presionando por la paga de excesivos intereses (tomando en cuenta que desde ya, los usureros santos nunca existieron).

Una gran parte de la esencia de la enseñanza espiritual es precisamente “el dar sin esperar nada a cambio”. El (inter)cambio “se inventó” aquí en la Tierra y además se le dio un valor.

El valor de cambio se determinaría entonces por la cantidad de trabajo que conlleva la extracción de la piedra —que está relacionada, al mismo tiempo, con el tamaño de la roca—, razón por la que muchos devotos, picota al hombro, van al cerro en busca de intervenciones divinas devueltas con promesas terrenas.

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