Editorial

Fiesta millonaria

Se trata de una fiesta que no solo se centra en la devoción, sino también en la ostentación

La Razón (Edición Impresa)

00:00 / 23 de abril de 2017

Si hay una fiesta religiosa que expresa a cabalidad el espíritu de la ciudad de La Paz, esa sería el Gran Poder, donde se funden viejas tradiciones andinas con devoción católica y se produce una de las mayores entradas folklóricas del país. Pero además de los aspectos culturales, que han merecido abundantes estudios e investigaciones, hay un negocio multimillonario.

En efecto, días atrás, un reportaje publicado en La Razón revela que solo en los últimos cinco años el dinero que mueve cada año esta celebración casi se ha duplicado: según datos del Gobierno Autónomo Municipal de La Paz (GAMLP), si en 2012 se había gastado $us 53 millones, en 2016 se gastó $us 95,3 millones. Lo más interesante es que no se trata de un gasto dispendioso, como podría parecer a simple vista si solo se contempla el momento de la fiesta y no todo el proceso que la precede.

Paralelamente al estudio municipal, otra investigación señala que el gasto en 2016 fue de $us 101,3 millones, y el autor del estudio, Germán Molina, explica que la celebración “genera empleo directo e indirecto y contribuye al fisco y al turismo. De igual manera, el estudio del GAMLP concluye que la celebración “genera un muy importante movimiento económico a lo largo del año, contribuyendo a través de la demanda de bienes y servicios a varias actividades”.

La peculiar combinación de devoción, festejo ostentoso y orientación al negocio hace que la fiesta del Gran Poder sea también fuente de lucro para quienes reciben el honor de ser preste durante el año. El Preste Mayor de este 2017 lo resume señalando que “hay que darse el gusto, hay que tener fe y el Tata te devuelve el doble”. Evita hablar de cifras, pero reconoce que para poder atender debidamente a sus invitados, “la inversión sube”.

El rubro que más dinero mueve es el de las bebidas alcohólicas, pues se le destina el 46% del total de gasto ($us 43,6 millones); orfebrería y trajes demandan un 49%; y la música, con todo y el renombre de los artistas que son invitados a cantar, requiere el 3% del presupuesto. Pero lo más importante de la inversión, cuyo retorno es bien reconocido, es el establecimiento de relaciones políticas, comerciales y sociales, como señala el artista y antropólogo Édgar Arandia; en este aspecto radica la fortaleza asociativa y económica de las élites aymaras que durante ocho meses del año organizan las actividades de la fiesta en la que participan más de 34.000 bailarines.

Se trata, pues, de una fiesta que no solo se centra en la devoción religiosa que la inspiraba en sus lejanos orígenes, sino, cada vez más, en el aspecto ostentoso, que es donde radican los negocios que permiten incrementar el gasto año tras año, así como la fortuna de los organizadores, que nunca como en la última década han tenido tanto dinero y tan alta la autoestima colectiva.

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