Editorial

Gran Poder

La entrada del Gran Poder es una de las festividades culturales más importantes del país

La Razón / La Paz

01:56 / 25 de mayo de 2013

La Paz está de fiesta. Hoy se celebra una nueva versión de la entrada del Señor Jesús del Gran Poder, que se inició como una fiesta de barrio a principios del siglo XX, pero que hoy agrupa a más de 30.000 bailarines. Se trata sin duda de una de las festividades culturales más importantes del occidente del país, además de ser uno de los eventos más rentables de la sede de gobierno.

En efecto, se estima que esta fiesta mueve más de $us 54 millones. De esta cifra, al menos la mitad deviene de la inversión en la que incurren los bailarines. Lo que genera un efecto multiplicador que beneficia a músicos, artesanos, al comercio de telas, bebidas, comida, servicio de seguridad, limpieza y otros servicios.

En cuanto al aspecto cultural, si bien la influencia aymara en esta celebración es evidente, su origen y esencia impiden que sea una mera representación que rescata y reproduce tradiciones andinas. De hecho esta fiesta puede y ha sido leída como una configuración cultural muy dinámica, en la que múltiples tradiciones, maneras de ver y de vivir en la sociedad se expresan y al mismo tiempo se construyen y transmiten.   

Por ejemplo, uno de los aspectos más interesantes de este universo simbólico se encuentra en la organización detrás de estas fraternidades, que ingresan y permanecen ordenadas durante todo el recorrido por filas y escuadrones. Muchos estudiosos relacionan este recorrido (a modo de procesión) con su origen, que, cuenta la tradición, se remonta a 1663, con la imagen milagrosa y a la vez polémica del Señor Jesús del Gran Poder, que por entonces tenía tres rostros, entregada por Genoveva Carrión a las Madres Concepcionistas para acceder a su convento. Actualmente, aquella imagen, retocada para mostrar un solo rostro, permanece en el templo de Chijini.

Estas estructuras sociales también revelan que, contrariamente a lo planteado por intelectuales que interpretan a este tipo de fiestas populares como periodos de transgresión, donde las jerarquías quedan suspendidas, los diferentes actores se articulan y organizan en redes sociales que expresan diversas adscripciones y categorías. Por ejemplo, cualquiera puede participar entre un sinnúmero de danzas, pero no todos pueden bailar morenada. Como bien reza una de sus melodías, primero “se debe tener platita”, y ocupar una situación privilegiada dentro de la burguesía aymara emergente.

Pero así como la fiesta permite leer procesos de reivindicación, también revela algunos vicios y desenfrenos, como el excesivo consumo de bebidas alcohólicas; la percepción de las vías públicas como ajenas, y en ese sentido usadas como mingitorios; o la falta de valoración hacia la naturaleza, que se manifiesta en el empleo (cada vez en menor cuantía, afortunadamente) de plumas y pieles de animales, muchos de ellos en peligro de extinción, a pesar de las prohibiciones y campañas educativas.  

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