Editorial

Gran Poder

Esta fiesta permite leer procesos de reivindicación, pero también vicios  de nuestra cultura

La Razón (Edición Impresa) / La Paz

00:05 / 30 de mayo de 2015

La Paz está de fiesta, pues hoy celebra una nueva entrada en honor al Señor Jesús del Gran Poder, una de las festividades culturales más importantes del occidente del país, en tanto permite observar y participar de la configuración de una cultura particular que se reinventa permanentemente. Es además el evento más rentable de la sede de gobierno y uno de los más importantes del país.

En efecto, esta entrada, que se inició como una fiesta de barrio pero que hoy agrupa a más de 35.000 bailarines de 65 fraternidades, inyecta, según estimaciones de la Alcaldía, aproximadamente $us 60 millones en la economía local, generando un efecto multiplicador que beneficia a músicos, artesanos, al comercio de telas, bebidas, comida, servicio de seguridad, limpieza y otros rubros.

Este expendio, que puede parecer excesivo, permite comprender uno de los sentidos detrás de esta fiesta, interpretado por algunos investigadores como una expresión de reconocimiento de las élites aymaras emergentes, actores tradicionalmente discriminados en tiempos pasados y que ahora buscan reconocimiento nacional e internacional.

No obstante, si bien la influencia aymara en esta celebración es evidente, su origen y esencia la alejan de ser una mera representación que rescata y reproduce tradiciones y herencias andinas. Se trata más bien de un escenario de creación permanente de sentidos, que se manifiestan en los bailes, vestimentas e incluso en los nombres de las fraternidades. De hecho esta fiesta puede y ha sido leída como una configuración cultural muy dinámica, que permite observar y estudiar cómo múltiples tradiciones, maneras de ver y de vivir en la sociedad se expresan y al mismo tiempo se construyen y transmiten.

Uno de los aspectos más interesantes de este universo simbólico se encuentra en la organización detrás de estas fraternidades, que ingresan y permanecen ordenadas durante todo el recorrido por filas y escuadrones.

Muchos estudiosos relacionan este recorrido (a modo de procesión) con su origen, que, cuenta la tradición, se remonta a 1663, con la imagen milagrosa y a la vez polémica del Señor Jesús del Gran Poder, que por entonces tenía tres rostros, entregada por Genoveva Carrión a las Madres Concepcionistas para acceder a su convento. Actualmente aquella imagen, retocada para mostrar un solo rostro, permanece en el templo de Chijini.

Pero así como la fiesta permite leer procesos de reivindicación, también revela algunos de los vicios y desenfrenos de nuestra cultura, como el excesivo consumo de bebidas alcohólicas; la percepción de las vías públicas como ajenas, y en ese sentido usadas como mingitorios; o la falta de valoración hacia la naturaleza, que se manifiesta en el empleo persistente de plumas y pieles de animales, muchos de ellos en peligro de extinción, a pesar de las prohibiciones, sanciones y campañas educativas.  

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