Editorial

Gran Poder

Esta fiesta puede y ha sido leída como una configuración cultural muy dinámica

La Razón (Edición Impresa) / La Razón / La Paz

23:06 / 20 de mayo de 2016

La Paz celebra hoy una nueva entrada en honor al Señor del Gran Poder, evento que se inició como una fiesta de barrio a principios del siglo XX y que más de un siglo después se ha convertido en una de las manifestaciones simbólicas más importantes de la sede de gobierno, que permite observar e interpretar la configuración de una cultura particular que se reinventa permanentemente.

En efecto, si bien la influencia aymara en esta celebración es evidente, su origen y esencia hacen de esta festividad un escenario de creación permanente de sentidos, que se manifiestan en los bailes, vestimentas e incluso en los nombres de las fraternidades. De hecho, esta fiesta puede y ha sido leída como una configuración cultural muy dinámica, que permite observar y estudiar cómo múltiples tradiciones, maneras de ver y de vivir en la sociedad paceña se expresan y al mismo tiempo se construyen y transmiten.

Uno de los aspectos más interesantes de este universo simbólico se encuentra en la organización detrás de estas fraternidades, que ingresan y permanecen ordenadas durante todo el recorrido por filas y escuadrones. Varios estudiosos han relacionado este recorrido (a modo de procesión) con su origen, que, cuenta la tradición, se remonta a 1663, con la imagen milagrosa y a la vez polémica del Señor Jesús del Gran Poder, que por entonces tenía tres rostros, entregada por Genoveva Carrión a las Madres Concepcionistas para poder ingresar a su congregación. Actualmente aquella imagen, retocada para mostrar un solo rostro, permanece en el templo de Chijini.

Estas estructuras sociales también revelan que, contrariamente a lo planteado por estudiosos que interpretan este tipo de fiestas populares como periodos de transgresión donde las jerarquías quedan suspendidas, en el Gran Poder los diferentes actores se articulan y organizan en redes sociales que expresan diferencias sociales y económicas, que se reflejan no solo en el orden de ingreso de los grupos folklóricos durante la entrada, sino también dentro de las coreografías de las propias fraternidades. Por ejemplo, no cualquiera puede bailar morenada. Pues, como bien reza una de sus melodías más conocidas, para ello “se debe tener platita” y ocupar una situación privilegiada dentro de la burguesía aymara emergente.

Pero así como la fiesta permite leer procesos de reivindicación, también revela algunos de los vicios y desenfrenos de esta cultura, como el excesivo consumo de bebidas alcohólicas; la percepción de los espacios públicos como ajenos, y que por lo mismo son utilizados como mingitorios durante la entrada; o la falta de valoración hacia la naturaleza, que se manifiesta en el empleo persistente de plumas y pieles de animales, muchos de ellos en peligro de extinción, a pesar de las prohibiciones, sanciones y campañas educativas.  

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