Editorial

Gran Poder

El Gran Poder también pone en relieve vicios y desenfrenos que necesitan ser subsanados.

La Razón (Edición Impresa)

00:09 / 09 de junio de 2017

La Paz acogerá mañana una nueva edición del Gran Poder, entrada folklórica que se inició como una fiesta de barrio a principios del siglo XX, pero que hoy en día agrupa a más de 35.000 bailarines. Se trata sin duda de una de las festividades culturales más importantes y rentables de la sede de gobierno; sin embargo, adolece de execrables costumbres que necesitan ser erradicadas.

En efecto, como se mencionó semanas atrás en este mismo espacio, se estima que el año pasado esta fiesta movilizó más de $us 100 millones, el doble de lo registrado hace tan solo cinco años. De esta cifra aproximadamente la mitad corresponde a los gastos en los que incurren los bailarines, y que generan un efecto multiplicador que beneficia a músicos, artesanos, al comercio de telas, comida, servicio de seguridad, limpieza y otros servicios.

En cuanto al aspecto cultural, si bien la influencia aymara en esta celebración es evidente, su origen y esencia impiden que sea una mera representación que reproduce tradiciones andinas. De hecho esta fiesta puede y ha sido leída como una configuración cultural muy dinámica en la que múltiples tradiciones, maneras de ver y de vivir en la sociedad se expresan y al mismo tiempo se construyen y transmiten.  

Por caso, uno de los aspectos más interesantes de este universo simbólico se encuentra en la organización de las fraternidades, que ingresan y permanecen ordenadas durante todo el recorrido por filas y escuadrones. Algunos estudiosos han relacionado este recorrido a modo de procesión con su origen que, cuenta la tradición, se remonta a 1663, con la imagen milagrosa y a la vez polémica del Señor Jesús del Gran Poder, que por entonces tenía tres rostros, entregada por Genoveva Carrión a las Madres Concepcionistas para acceder a su convento. Actualmente aquella imagen, retocada para mostrar un solo rostro, permanece en el templo de Chijini.

Pero así como esta fiesta permite leer la configuración de redes sociales con diversas adscripciones, también pone en relieve vicios y desenfrenos que necesitan ser subsanados. Entre otros, el excesivo consumo de bebidas alcohólicas, con todo lo que ello conlleva (peleas, accidentes de tránsito, violencia intrafamiliar, etc.). Y todo ello no solo durante y después de la entrada folklórica, sino también gran parte del año, en las recepciones sociales y convites que organizan las diferentes fraternidades. Sin ir muy lejos, la semana pasada una conocida presentadora de televisión denunció que una de sus hijas había sido brutalmente agredida con una botella por la pareja de su hermana, quien se encontraba en estado de ebriedad, en una fiesta de este tipo.

A ello cabe añadir los destrozos y la gran cantidad de basura que generan la entrada y los festejos previos; así como la falta de aprecio hacia la naturaleza, que se manifiesta en el empleo de plumas y pieles de animales, muchos de ellos en peligro de extinción, en la confección de los trajes. 

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