Editorial

Hipocresía paceña

El resto del año, la sociedad se sume en una actitud monjil que tacha de frescas a las que llevan ‘mini’

La Razón / Gemma Candela / La Paz

00:06 / 03 de junio de 2012

No lo entiendo. Una no puede ponerse una minifalda en La Paz porque se siente culpable de ver ojos masculinos tan abiertos que se salen de sus cuencas y ruedan por el suelo, y bocas femeninas con tal indignación que, parece, van a derivar en mandíbulas desencajadas. No comprendo que pase eso y, cuando llegan fiestas como Gran Poder o Carnaval, ciertos personajes de danzas folklóricas interpretadas por mujeres van por la calle con polleritas cada vez más cortas y escotes que en cualquier rato van a dejar salir lo que apenas ocultan.

No dejan ni un poco de trabajo a la imaginación. Las faldas de chinas morenas y caporalas ya no deberían llamarse así, sino cinturones altos. Y los corsés, cuanto más ceñidos y minúsculos, mejor, llevan camino de convertirse en una pieza que únicamente servirá para sujetar desde abajo, dejando todo al aire. ¡A bailar!Pero, el resto del año, la sociedad paceña se sume en una actitud monjil que señala y tacha de frescas a las que se ponen una “mini” que no deja ver más que un buen cacho de pierna. Los futbolistas enseñan lo mismo y nadie se indigna por ello... Qué hipocresía.

Si el Tata del Gran Poder tiene tres caras, la sociedad paceña luce dos. El otro día, una amiga me comentaba que llegó una señora a su clínica médica con su hijo en brazos. Ella tenía aretes, manillas y varios dientes de oro. El niño estaba enfermo y no desde el día anterior: llevaba tiempo incubando su dolencia. En la clínica le dijeron que allí no era posible tratar al pequeño y remitieron a la mamá a otro centro. Ella se lamentó: aquel lugar era caro, a lo que la señora del consultorio, presa de indignación, le dijo: “Venda una de sus manillas”. La mujer, con su hijo en brazos, dio media vuelta y fue hacia la calle no sin antes despedirse con una mirada de odio hacia quien le sugirió cómo salvar a su niño.

Luego está el tema de las amigas. Sinceramente, no sé si se trata de hipocresía o de un problema de bipolaridad. Es odioso ver cómo entre supuestas “cuatas” se halagan hasta extremos que ni los mejores lacayos de los reyes medievales podrían imitar y, en cuanto una se da la vuelta, tiene suerte de que los cuchillos que le lanzan sus “súper” amigas no sean de acero, sino de celos, rabia, envidia, dañinos también.

Estos días, las orejas de yeso de Jesús del Gran Poder se han llenado de miles de peticiones. Ya se acaba la fiesta, y al año que viene volveremos a bailar. Mientras tanto, recordemos que los deseos no se van a cumplir si no ponemos de nuestra parte. Seamos tan sinceros con los demás como lo somos con el Tata. Seguro que así le ahorramos trabajo y nos va mejor.

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