Editorial

Infancia y violencia

Las consignas son buenas para atraer la atención, pero no para cambiar comportamientos

La Razón

02:30 / 09 de enero de 2012

El viernes se promulgó la Ley 214, que dispone nombrar a 2012 como Año de la No Violencia Contra la Niñez y la Adolescencia. La norma instruye a todas las entidades del Estado Plurinacional, lo que incluye a todos los niveles de gobierno, asegurar que el cometido de la ley sea cumplido. Al parecer, lo que se busca es concienciar sobre esta problemática.

En esencia, la instrucción es tan sencilla como imprimir en la papelería y otros soportes de comunicación institucional una frase que recuerde que este es el año de la no violencia contra niños, niñas y adolescentes; también que cada institución defina una consigna mensual sobre el tema. Para el efecto, dispone, en el artículo 2, que los gobiernos “en el marco de sus competencias deberán priorizar y prever los recursos necesarios, quedando encargados de elaborar y ejecutar las políticas, planes, estrategias, programas y proyectos necesarios para el cumplimiento de la presente ley, así como realizar las actividades de concientización correspondientes”.

Es posible inferir que los mensajes que habrán de ser producidos y difundidos en el marco de la Ley 214 estarán claramente orientados a favorecer el cumplimiento de la norma ya existente, sobre todo en el Código Niño Niña Adolescente, de 1999, y en el Código Penal. En ambas normas están claramente establecidos los mecanismos de protección de los derechos de este sector de la población, y la persecución y sanción a quienes los vulneren.

Sin embargo, pese a la existencia de esta normativa, y varias otras relacionadas, la violencia contra niños, niñas y adolescentes es más común de lo que se quisiera aceptar, y ciertamente es más diversa que lo que cualquier norma pueda prever. Tiene que ver con el modo en que los adultos se relacionan con este segmento de la humanidad, que por estar aún en formación, es visto como digno de menor atención y respeto, lo que lo vuelve especialmente vulnerable.

A partir de esa mirada a niños y adolescentes es posible cualquier cosa: desde la violencia física, que suele dejar en el cuerpo heridas de toda clase y gravedad, hasta la psicológica, que deja cicatrices y marcas más difíciles de curar en la memoria y el espíritu de las personas. Finalmente, la violencia simbólica deja una permanente herida en el cuerpo de toda la sociedad y, lo que es peor, posibilita la reproducción de las otras dos formas de dañar a la niñez.

Es tan serio el problema, que con razón nuestra columnista Fernanda Wanderley lamentaba en su artículo de ayer la ausencia de “definición de otras actividades no sólo más complejas como también más sustantivas en dirección a la construcción de una política y sistema de protección y cuidado de la niñez”. Las consignas son buenas para atraer la atención, pero definitivamente no para cambiar actitudes y comportamientos.

Ediciones anteriores

Lun Mar Mie Jue Vie Sab Dom
1 2 3 4
5 6 7 8 9 10 11
19 20 21 22 23 24 25
26 27 28 29 30

Suplementos

Colinas de Santa Rita, Alto Auquisamaña (Zona Sur) - La Paz, Bolivia