Editorial

Infanticidios

Estamos fallando en una de las labores más importantes que tenemos como sociedad.

La Razón (Edición Impresa)

00:00 / 05 de julio de 2017

En lo que va del año, al menos 28 niños y niñas han sido asesinados en el país. Se trata de una cifra aberrante que debería causar no solo preocupación, sino también vergüenza, en tanto revela que estamos fallando en una de las responsabilidades más importantes que tenemos como sociedad: garantizar los derechos de los niños, y entre ellos el más fundamental, el de la vida.   

Cochabamba y La Paz, con 11 y 10 infanticidios respectivamente, lideran esta nefasta lista. Le siguen Chuquisaca (2), Tarija (2), Potosí (2) y Santa Cruz (1). Solamente Oruro, Pando y Beni se libran de figurar en este vergonzoso “ranking”. El año pasado, hasta noviembre, el Ministerio Público había registrado 34 infanticidios. En aquella ocasión La Paz también se encontraba como la primera de las regiones más violentas, seguida de Santa Cruz, que este año afortunadamente muestra avances en lo que al cuidado de niños se refiere.

De todas maneras, incluso un solo caso de una niña o un niño asesinado de manera violenta debería ser motivo suficiente para movilizar a las autoridades en particular y a la sociedad civil en general en procura de soluciones que pongan fin a delitos de esta naturaleza. Y con mucha mayor razón tratándose de decenas de infanticidios, como los registrados en los últimos años.

Por otro lado, no sobra recordar que por cada niño que fallece como resultado de la violencia, muchísimos más experimentan cotidianamente diferentes tipos de maltrato, desde abusos físicos y psicológicos, pasando por situaciones de acoso, hasta violaciones sexuales. De hecho, según un estudio de Visión Mundial elaborado en 2014, nueve de cada diez niños, niñas o adolescentes han sufrido algún tipo de violencia en el país. Una cifra ciertamente escandalosa si se toma en cuenta que estos maltratos causan heridas físicas y psicológicas entre las víctimas, cuyos frutos deterioran su salud y les impiden mantener relaciones sanas y duraderas, lo que a la postre deteriora su desarrollo.

Situación que se agrava cuando los abusadores son los propios progenitores. Y es que cuando una niña o un niño es víctima de las personas que se supone deben darle protección y cariño, su mundo se desmorona. Además de vergüenza, amargura, irritabilidad, condenación y baja autoestima, el miedo se apodera de su vida. Miedo a sus progenitores, miedo a quedar expuestos, miedo a tener amigos, miedo a cometer errores, miedo a todo.

Tomando en cuenta que la infancia es una etapa trascendental para las personas, pues es en este periodo cuando se desarrollan los esquemas básicos para comprender y actuar en el mundo, convendría recordar que la excesiva violencia que hoy en día se ejerce contra los niños y las niñas del país revela el tipo de sociedad futura que estamos construyendo, una sociedad anclada en el retraso, gobernada por el odio, la inseguridad y la amargura. 

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