Editorial

Invalidez y exclusión

El 94% de los niños con discapacidad no recibe ningún tipo de formación escolar.

La Razón (Edición impresa)

03:02 / 05 de agosto de 2013

La mayoría de las personas que nacen con algún tipo de discapacidad en el país están condenadas a vivir una vida de dependencia y consternación. Esto debido no precisamente a su invalidez, sino también y sobre todo a las limitaciones de sus familiares, que les niegan la posibilidad de superarse por falta de recursos o bien por complejos y prejuicios infundados.

De acuerdo con datos del Centro de Investigación para el Desarrollo Socioeconómico (Ceindes), a las unidades educativas regulares sólo asiste el 2% de los niños con discapacidad, y otro 4% concurre a centros de educación especial. El restante 94% no está registrado en el sistema educativo regular o especializado.

Un grado de exclusión hacia las personas con discapacidad en verdad alarmante —según estimaciones del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia  (Unicef), en Bolivia hay más de medio millón de menores de 14 años con algún grado de invalidez física o mental—, que empieza con negarles el derecho elemental a la educación, esencial para la superación y el desarrollo de cualquier persona.

La directora del Ceindes explica que esta exclusión se debe a la falta de recursos de algunas familias, pero también y sobre todo a los prejuicios de sus progenitores o tutores, quienes no invierten en el futuro de sus hijos por falta de confianza, o bien porque se avergüenzan de ellos y deciden marginarlos de la sociedad. Una visión deplorable que concentra la mirada en las discapacidades de los niños, en vez de prestar atención a sus potencialidades, y que pone en evidencia la profunda ignorancia que limita a muchas familias del país.

En cambio, cuando un niño recibe el amor y el apoyo de sus familiares, sus limitaciones muchas veces se convierten en su mejor aliado, pues lo obligan a esforzarse más que los demás, lo que al final lo pone por encima del resto. El testimonio de Solyana Coelho, publicado por La Razón días atrás, es un claro ejemplo.

Esta muchacha brasileña de 16 años nació sin brazos. No obstante, sus padres jamás la ocultaron o intentaron internarla en algún centro especial. Al contrario, la trataron como a cualquier otra niña y fomentaron sus potencialidades y talentos. Hoy Solyana escribe en la computadora, toca el órgano electrónico, es nadadora y este año saldrá bachiller, además, piensa estudiar Psicología.

Es también una activista de los derechos de los niños y adolescentes con discapacidad. Inquietud que la ha impulsado a ser la vocera de este sector en Unicef en Bolivia. Ello pese a que su lengua materna es el portugués. Y es que aprovechando su paso por el país (su papá es diplomático), ha aprendido español a la perfección, y hoy participa en distintos foros y da charlas sobre esta problemática. Un testimonio en verdad encomiable, que nos recuerda que todo el mundo tiene alguna discapacidad, y que las peores son las mentales.

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