Editorial

Luto en La Razón

Al final lo único que importa es la obra que uno construye mientras está de paso por este mundo

La Razón (Edición Impresa) / La Paz

02:43 / 22 de mayo de 2015

La Razón está de luto por la partida de Rubén Vargas, un fenomenal periodista, pero además y sobre todo un gran compañero y un extraordinario ser humano, cuya integridad y nobleza quedaron plasmadas no solo en un trabajo de excelencia, sino también en el trato cordial y respetuoso que siempre brindó a todos aquellos que se cruzaron en su camino.

Propios y extraños reconocen que, bajo su diestra batuta, Tendencias llegó a ser, de lejos, la mejor revista cultural del país, no solamente en cuestión de forma, sino también de fondo y universalidad. Su familiaridad con los grandes de las letras inglesas, francesas, españolas o italianas, por igual, junto a un manejo envidiable del lenguaje y un discernimiento fuera de serie, le permitieron entretejer agudas críticas literarias, amenas entrevistas y artículos de diferente índole que hoy constituyen referentes dentro de la tradición ensayística latinoamericana.

Dueño de una prosa elegante, ironía galante y lucidez diamantina, también descolló como creador literario, consolidándose como un excelente narrador y un poeta de sensibilidad exquisita.  Profesor erudito, escritor y amigo sincero de probada honestidad intelectual, Rubén dejó huellas no solo dentro de la sala de redacción de este diario y en las aulas de la carrera de Literatura de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA), sino también en todos aquellos que se propusieron aprender de sus escritos, charlas, clases y disertaciones, enunciadas con humildad y maestría, sin mezquindad ni avaricia.

Por todo ello y mucho más, Rubén deja en La Razón, al igual que en su hogar, un vacío imposible de llenar, pero también y sobre todo muchas lecciones que aprender. Además, su legado permanece en innumerables textos, elaborados con maestría durante una larga carrera como poeta, docente y periodista; así como también en el espíritu de todos aquellos que tuvieron la oportunidad de disfrutar su amistad y cariño, aprendiendo, a través de su ejemplo, que sí se puede llegar a ser un hombre de palabra, alguien que dice lo que piensa y hace lo que dice; y que bien vale la pena cultivar y vivir el honor.

Su partida nos recuerda que absolutamente todos los que continuamos por estos lares, al igual que aquellos que llegaron antes que nosotros y los que vendrán después, no somos sino peregrinos, y que al final de cuentas lo único que realmente importa es la obra que uno construye mientras está de paso por este mundo. Algo que solamente se logra con acciones correctas que logran bendecir a otras personas. De allí que resulte absurdo acumular tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre corroen y los ladrones roban y socavan; en lugar de acumular tesoros en el cielo, donde no hay ladrones ni polillas que roban y corroen; como bien aconseja un proverbio cristiano (Mt. 6:19).

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