Editorial

Malhumor urbano

La reciente desaprobación ciudadana respecto a las gestiones municipales no debería ser subvalorada.

La Razón (Edición Impresa)

00:09 / 28 de octubre de 2017

El aumento de la desaprobación a la gestión de los alcaldes de La Paz y El Alto debería preocuparles. No son datos aislados, pues esa tendencia empezó a observarse desde hace meses. Este panorama llama la atención en una metrópoli que se distinguía por tener una Alcaldía, la paceña, reconocida por su buena gestión; y otra en la que surgió un liderazgo que generó muchas expectativas.

Desde la elección de Juan del Granado como alcalde, la ciudad de La Paz se ha distinguido del resto de las urbes bolivianas por su buena gestión. El MSM y su heredero político Sol.bo han construido una continuidad política en la sede de gobierno apoyada por la mayoría de los ciudadanos durante 18 años. Hay un balance positivo bastante extendido de los resultados de esta larga administración. La estratégica zona metropolitana manifestó perspectivas interesantes de gobernabilidad en un momento en que su desarrollo urbanístico se estaba acelerando. Construir una ciudad moderna pero también sostenible, equitativa y humana era el gran reto de estos alcaldes.

Por otra parte, la elección de Soledad Chapetón en 2015 parecía abrir una renovación en El Alto, después de varios años de gobiernos municipales mediocres y sospechados de corrupción. La personalidad de la joven alcaldesa prometía al menos un cambio de estilo y la posible modernización de una urbe crucial para el futuro del país.

Aunque es muy pronto para juzgar a estos gobiernos, sus autoridades deberían preocuparse del significativo deterioro de la percepción ciudadana sobre su desempeño que aparece en encuestas recientes. Justamente en este mes un sondeo muy comentado sitúa en torno al 60% la desaprobación de las gestiones de Revilla y Chapetón.

Este sentimiento coincide con voces que vienen reclamando la falta de una visión urbanística para La Paz y El Alto; urbes que parecen crecer desordenadamente al ritmo de la inversiones inmobiliarias sin que desde las alcaldías se ordene proactivamente su expansión futura en términos de calidad de vida y de espacios públicos amigables con la gente. En el caso de La Paz, se critica cierta complacencia e inercia, riesgos propios de un gobierno estable pero cómodo en el poder. En El Alto, el desacople entre expectativas sobredimensionadas y una capacidad de gestión más bien modesta está afectando la imagen de la alcaldesa, al igual que su tirante relación con el Gobierno central y la siempre compleja gestión de la conflictividad vecinal que caracteriza a esa ciudad.

Hay tiempo suficiente para corregir errores y entender, con modestia, las razones del malhumor ciudadano. Aunque coyunturales, son señales de alerta que no pueden ser subvaloradas. Esas fragilidades en la gobernabilidad municipal no son una buena noticia para una metrópoli que, como nunca, requiere liderazgos creíbles para manejar los retos que implica su desarrollo.

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