Editorial

Redes y elecciones

Es preocupante la facilidad con la que muchas personas asumen como cierta cualquier información.

La Razón (Edición Impresa)

23:34 / 19 de octubre de 2018

Hay nuevas evidencias de la mala utilización de las redes sociales digitales para propagar desinformación e incluso alentar el odio político en periodos electorales. Ahora es el turno del Brasil, donde se ha denunciado un masivo uso del WhatsApp para difundir campañas de mentiras contra las candidaturas contrarias a Bolsonaro.

Desde hace varios años, se han revelado varias situaciones de uso irregular de medios de comunicación electrónicos en periodos electorales. Se produjo el escándalo de Cambridge Analytica, en el que se capturaron millones de datos de usuarios de Facebook para usarlos para difundir campañas electorales personalizadas de acuerdo con características privadas de esas personas. Se dice que esta empresa contribuyó en 2016 a la victoria de Trump y de los adherentes a la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea.

En la última campaña presidencial colombiana, medios de prensa mostraron la proliferación de cadenas de mensajes en WhatsApp que difundían bulos y manipulaciones en algunos casos desfavorables al candidato de la izquierda y en otros al representante del uribismo.

Ahora es el turno del Brasil, donde el prestigioso periódico Folha de Sao Paulo ha revelado la existencia de una gran operación de distribución de propaganda favorable a Jair Bolsonaro y contraria al candidato del Partido de los Trabajadores, realizada por medio de WhatsApp y financiada por empresas privadas, lo cual contravendría la normativa electoral de ese país. Gran parte de ese flujo estaría compuesto por memes y noticias falsas.

Estas situaciones ratifican la gran vulnerabilidad de los procesos electorales ante la aparición de nuevos sistemas de comunicación masivos que escapan totalmente a las regulaciones tradicionales. Hoy se puede comunicar con mucha facilidad manipulaciones de todo calibre a grandes cantidades de personas en cuestión de segundos.

Durante decenios, las legislaciones electorales modernas han intentado equilibrar las condiciones en las que se desenvuelven las competencias electorales, tratando que las campañas sean limpias y que se dificulte al máximo el uso de mentiras y descalificaciones. De igual manera, se ha tratado de poner límites al financiamiento de campañas y transparentar el uso y origen de esos fondos.

El internet y las redes sociales están desestructurando toda esta arquitectura, por la casi imposibilidad de regular sus contenidos y su absoluta autonomía de cualquier control financiero por parte de autoridades nacionales.

Es también preocupante la facilidad con la que muchas personas reciben y asumen como cierta cualquier información que aparece en las redes sociales. No se entiende que esos espacios han dejado de ser lugares privados o para conectarse en confianza con conocidos, son hoy en día canales de comunicación al mejor postor, una nueva jungla que podrían ser un peligro para la convivencia cívica y la vida democrática.

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