Editorial

Mendigos a la fuerza

Existen familias que promueven la mendicidad de las personas para su propio beneficio

La Razón (Edición Impresa) / Editorial

09:56 / 30 de julio de 2017

Hace mucho tiempo que parece haberse vuelto parte del paisaje urbano, particularmente en las principales capitales del país, la cantidad de indígenas mendigando monedas o vendiendo golosinas. Son ancianos, mujeres y niños que hacen migraciones estacionales y juntan dinero para sus familias o sus comunidades. Sin embargo, también puede haber trata de personas.

En efecto, la mendicidad forzada es uno de los 14 fines de la trata de personas que enuncia la Ley Integral contra la Trata y Tráfico de Personas, señalando que consiste en “forzar a un niño, niña, adolescente o adulto a pedir dinero u otros beneficios en la calle o cualquier otro lugar, público o privado, a favor de un tercero”. Quienes cometen este delito, se exponen a penas de entre 10 y 15 años de prisión.

Coincidiendo con la conmemoración, hoy, del Día contra la Trata y Tráfico de Personas, días atrás el Viceministro de Justicia y Derechos Fundamentales anunció que esta práctica está en la agenda inmediata de ese despacho, que ha comenzado, con apoyo del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), una investigación cuyos resultados permitirán diseñar políticas públicas que eviten el uso de niños, personas con discapacidad, mujeres y ancianos en la mendicidad como forma de supervivencia.

Según la autoridad, existen familias, cuando no redes, que ponen a estas personas en situación de mendicidad para beneficiarse de ella, en clara vulneración de sus derechos, comenzando por despojarles de su dignidad. En niños y niñas el daño  es sin duda mayor, pues se han visto casos de menores “que luego pasan  a la delincuencia”.

Diversos estudios antropológicos han servido para identificar que la migración de personas, habitualmente del norte de Potosí, para mendigar en las ciudades se produce en tiempos que preceden a la siembra y a la cosecha; y a simple vista podría parecer una estrategia para mejorar los ingresos de la comunidad en su conjunto, pese a que, sostiene el viceministro, “el Estado ha intentado mejorar su condición de forma estructural”.

Tomando ejemplos de países vecinos, la autoridad explica que el problema no tiene que ver únicamente con la situación de pobreza de las personas, sino también con la falta de oportunidades, particularmente laborales, para quienes caen en la mendicidad o tienen alguna forma de discapacidad.

El hecho de ver tantos mendigos en puntos estratégicos de la ciudad, lejos de causar preocupación, hace a estas personas invisibles a los ojos de una sociedad que termina por naturalizar su presencia y deja de cuestionarse por qué sucede esta degradación en quienes deberían estar gozando del vivir bien.

Es, pues, loable la decisión de estudiar y entender el problema, pero mucho más lo será la puesta en marcha de políticas públicas eficaces, pues es bien sabido que lo verdaderamente difícil es pasar del diagnóstico al remedio de la situación.

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