Editorial

Mensajes peligrosos

Estas medidas de prevención no deberían limitarse solamente a los períodos de Carnaval

La Razón (Edición Impresa)

02:00 / 18 de febrero de 2015

El Carnaval, por definición, es una fiesta del exceso. Según la tradición, es la celebración en la que se desatan los excesos de la carne, alimento que luego es prohibido durante la Cuaresma por la Iglesia Católica desde el Miércoles de Ceniza. Por lo tanto, parece un contrasentido tomar alguna precaución en estas fechas o recomendárselo a los demás, pero no lo es.

Habida cuenta de las costumbres de bolivianos y bolivianas en los festejos de Carnaval, las autoridades de salud emprendieron una campaña de prevención que tiene que ver con la carne o, más precisamente, con los deseos carnales, tan humanos y tan universales. Es así que, partir de una lectura responsable de las cifras de contagio de VIH/sida, el Ministerio de Salud repartió gratuitamente más de dos millones de condones en las últimas dos semanas.

Esta iniciativa constituye un enorme paso adelante, en la medida en que contribuye a garantizar los derechos sexuales y reproductivos de los y las jóvenes. Además de combatir el flagelo del VIH, poner preservativos a disposición de la población ayuda a evitar y minimizar los embarazos no deseados, especialmente en adolescentes en edad escolar.

Ambos fenómenos, el contagio del sida y los embarazos precoces, son problemas individuales y familiares con enormes consecuencias para la población. Los portadores del VIH, además de las consecuencias sobre su salud y su calidad de vida, aún sufren fuertes presiones discriminatorias. Por otro lado, las madres adolescentes ven serios riesgos en sus posibilidades de estudiar y construir una vida independiente, pues muchas deben ocuparse solas de sus vástagos. De hecho, existen estudios que demuestran que salir de la pobreza puede tomar más de una generación para las familias de madres solteras.

Las políticas del Ministerio de Salud pueden tener enormes impactos sociales e individuales positivos, especialmente para las mujeres jóvenes, si se refuerzan las acciones dirigidas a garantizar los derechos sexuales y reproductivos de la población. Y estas medidas no solo deberían limitarse a los períodos de Carnaval.

Sin embargo, como ya ha ocurrido en repetidas ocasiones, algunos miembros de la Iglesia Católica no tardaron en opinar sobre las políticas públicas del Gobierno, tal vez intentando modificar el curso de las decisiones basadas en la Constitución y las leyes que corresponden a un Estado laico; incluso una alta autoridad eclesiástica calificó de insulto el reparto de preservativos.

Censurar una política pública con tan importante potencial de mejorar la calidad de vida de la población está fuera de lugar; urge más bien reflexionar sobre lo pernicioso de las prohibiciones y cómo éstas pueden desatar verdaderas epidemias sociales si se salen de lo estipulado por la Constitución y las leyes y se basan en la represión del comportamiento de los seres humanos.

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