Editorial

Montañas de basura

El problema está en el mal manejo que hacen las vendedoras de sus desperdicios.

La Razón (Edición Impresa)

01:01 / 05 de julio de 2016

Cada día, los principales 40 mercados de abasto de La Paz producen en promedio 250 toneladas de residuos y desperdicios, equivalentes al 40% de toda la basura que se recoge diariamente en la ciudad. De más está decir los muchos riesgos de salubridad que ello implica, pero resolver el problema parece ser más difícil de lo esperado, por los malos hábitos de la gente.

En efecto, un reciente reportaje de La Razón evidenció que en los mercados Rodríguez, Villa Fátima, El Tejar, Garcilaso de la Vega y Huyustus, los más populares y populosos de la urbe, en fines de semana la cifra anterior puede multiplicarse. Los problemas principales tienen que ver con la salubridad, pero también con la presencia de perros y vectores infecciosos, así como el riesgo de que las bocas de tormenta adyacentes a los cerros de desperdicios que se forman resulten tapados.

El reportero de este diario recogió decenas de testimonios de vecinas y vendedoras de estos centros de abasto, y el elemento común es la preocupación por lo que queda en las calles en forma de montañas de basura y su posible efecto en el vecindario. Sin embargo, según autoridades municipales que tienen que ver con el tema, el problema está en el mal manejo que hacen las propias vendedoras de sus desperdicios.

Según las normas, el servicio de recojo de basura en la ciudad es pagado a través de un cobro añadido a la factura de electricidad; aunque parezca sorprendente, no existe una tarifa especial para centros de abasto, donde las vendedoras pagan el servicio junto a las facturas de luz eléctrica de sus puestos de venta. Al respecto, lo único que éstas pueden comentar es que el monto mensual se ha incrementado, cosa que desde la municipalidad niegan.Tal vez por esta razón, más allá de la incomodidad que manifiestan por vivir y trabajar cerca de las montañas de basura, las vendedoras no han mostrado ningún interés en disponer de mejor manera sus residuos; es decir, separándolos por clase (el Gobierno Municipal intentó años atrás un programa en la zona Sur, que fracasó, por falta de interés de los vecinos) y disponiéndolos apropiadamente. El único caso, que es sin duda ejemplar, en el que esta idea ha funcionado es el mercado de Achumani; en los demás centros de abasto las vendedoras incluso objetan la idea de que la empresa de basura instale contenedores donde dejar los desechos para facilitar su recojo cotidiano.

Se tiene, pues, como en muchos otros ámbitos de la vida social, una especie de comportamiento anómico que afecta en primer lugar a quienes deben padecer este tipo de circunstancias, sin que ello les inspire a adoptar nuevos hábitos. El resultado es una merma en su calidad de vida, al igual que en la del resto de los vecinos de la ciudad. Tal vez sea tiempo de que la Alcaldía comience a pensar en métodos que obliguen a las personas a tener mejores hábitos.

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