Editorial

Muerte en las carreteras

La cadena de culpas empieza por el eslabón más visible: nuestros choferes

La Razón / La Paz

05:57 / 04 de julio de 2013

En lo que va del año, el número de muertos por accidentes de tránsito en las carreteras del país ya se cuenta por centenas. Esta estadística es propia de una nación inmersa en un conflicto armado. ¿De qué guerra son, entonces, víctimas nuestros compatriotas que perdieron la vida en las carreteras? La cadena de culpas empieza por el eslabón más visible: nuestros choferes.

En efecto, la principal causa de accidentes en el país es el ya conocido desdén de los conductores por las normas básicas de seguridad vial, que se refleja en la gran cantidad de casos de intoxicación alcohólica y en el exceso de velocidad.

No obstante, el accidente que ocurrió el 21 de junio en la carretera La Paz-Desaguadero revela una realidad más compleja. En ese fatal incidente un camión cisterna provocó un choque múltiple, luego de colisionar con una fila de vehículos que estaban detenidos, porque poco tiempo antes un grupo de bailarines había usado la carretera internacional como pista de baile. En otras latitudes, esta situación puede parecer surrealista. Para nosotros, fue dantesca. Fuera de los cuantiosos daños materiales, las víctimas del choque y del fuego se cuentan por decenas.

En Bolivia ya estamos acostumbrados a que las carreteras sean escenario de festejos locales, cual si ello fuera un derecho adquirido sólo por el hecho de que la vía asfaltada pase por la localidad en turno de fiesta. En esta ocasión, el juego de ostentación, alegría y prosperidad ha costado demasiado caro. Las autoridades ya hablan de una ley que impida realizar festejos en las rutas nacionales e internacionales, al igual que antes discutieron (y pusieron en vigor, justo es reconocerlo) una norma para sancionar a los choferes que conducen en estado de ebriedad.

Los pasos citados son un avance, sin duda alguna, pero desde este espacio nos preguntamos qué tan lejos se puede llegar contando únicamente con instrumentos legales que prohíben comportamientos que van en contra del bien común. ¿Si a cada tragedia reaccionamos diseñando normas cada vez más estrictas, no caemos en el riesgo de creer que todo se resuelve con leyes?

En ese sentido, probablemente se requiera un trabajo más complejo que el de pensar y ejecutar acciones punitivas para cambiar la cultura vial que tenemos los bolivianos, cultura que exhibimos tanto al bailar sobre las carreteras como al apurar con la bocina a los peatones de nuestras ya saturadas avenidas urbanas, o al estacionar en doble fila para visitar una tienda o realizar alguna otra diligencia.

La noción de educación vial podría darnos una solución más integral y más centrada en el cambio de nuestras actitudes, puntos de vista y sistemas de valores. Los costos y tiempos de implementación se verán, sin duda, compensados con el resultado de una ciudadanía más comprometida con el respeto al otro.

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