Editorial

Muerte en el lago

Tal parece que la contaminación en el lago Titicaca está alcanzando niveles insostenibles

La Razón (Edición Impresa) / La Paz

01:25 / 28 de abril de 2015

Desde hace varios años distintas organizaciones vienen advirtiendo sobre la excesiva contaminación en el lago Titicaca; contaminación que al parecer está alcanzado niveles insostenibles, pues cada vez son más las zonas que reportan la muerte de miles de peces, aves y ahora hasta ranas, pese a que estas últimas, únicas en el mundo, viven en el fondo de ese humedal.

En efecto, en las últimas semanas, las otrora aguas transparentes del lago menor en inmediaciones de la isla Quehuaya se tornaron color verde, con un olor nauseabundo que obliga a taparse la nariz a los pescadores y visitantes que transitan por aquel sitio. Como es de suponer, la que lleva la peor parte en este entuerto es la fauna del lugar. Por caso, los pobladores de esa isla, dedicados a la pesca, la semana pasada recogieron y enterraron cerca de dos toneladas de animales muertos, entre peces, aves y ranas; y actualmente se encuentran en aprontes tratando de salvar aquellos que han sobrevivido, trasladándolos a lugares menos contaminados.

Previsiblemente no se trata de un caso aislado, igual suerte están corriendo los peces y las ranas de otras islas como Pata Patani, así como también otras comunidades asentadas a orillas del lago sagrado de los incas, tales como la bahía de Cohana. Los motivos de esta crisis ambiental no son desconocidos para nadie: la biodiversidad que se nutre y desarrolla alrededor y en el interior del lago, así como su capacidad de autolimpieza, están seriamente amenazadas por la enorme presión que los pueblos aledaños ejercen sobre sus aguas y recursos.

Por un lado, se encuentra el colosal desecho de aguas residuales que provienen de hogares, mercados y postas sanitarias de ciudades tanto bolivianas como peruanas. En el caso del país, principalmente de El Alto (donde habitan casi un millón de habitantes), Viacha, Pucarani y Puerto Pérez; y en el caso del Perú, Puno y Juliaca. A estas aguas servidas se suman los desechos de las industrias de procesamiento de alimentos, cuero, cemento y madera, que desembocan sin tratamiento en los afluentes del lago. Para agravar aún más la situación, éstas llegan cargadas de metales pesados y sustancias tóxicas, como zinc y mercurio, generados por operaciones mineras, muchas de ellas ilegales.

No sobra recalcar que esta crítica realidad, que está poniendo en riesgo la salud de las personas, plantas y animales, exige una atención binacional urgente, que contrarreste las causas detrás de este creciente elevado nivel de contaminación. Una acción tanto más importante por cuanto el lago Titicaca resulta esencial no solo para la biodiversidad de la región, sino también para las poblaciones aledañas (cerca de 2 millones de personas), que sobreviven gracias a sus virtudes como fuente de agua dulce y como proveedora de peces y otros alimentos. 

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