Editorial

Mujer y madre

Las expectativas que la sociedad tiene de las madres las hacen más eficientes

La Razón / La Paz

00:01 / 27 de mayo de 2012

Dígase lo que se diga sobre las transformaciones más recientes en las representaciones de la maternidad, que incluyen el debate sobre el derecho a la adopción que tienen las parejas homosexuales, lo cierto es que el hecho de concebir y dar a luz transforma para siempre a una mujer al hacerla madre. La sociedad luego se encargará de domesticar a esta mujer-madre.

En efecto, desde la mirada patriarcal se observa que al ser la mujer quien carga la gestación de un nuevo humano, y al menos durante los primeros meses ser su única fuente de alimentación, es natural que ella asuma las tareas de la crianza. Así, este aparente determinismo biológico es el primer mecanismo de domesticación, al sacar a la mujer de la vida pública y confinarla a la vida privada de la maternidad. Pero muy a menudo el tamaño de las necesidades familiares o simplemente la pobreza devuelven a la mujer a la vida pública, donde se convierte en trabajadora, casi siempre en condiciones menos favorables que los varones, invisibilizándose su doble función de madre y proveedora, y menospreciándose el valor de su trabajo, lo que produce una devaluación también domesticadora.

Mientras tanto, la sociedad produce permanentemente discursos y representaciones de la “buena madre”, atribuyéndole virtudes y energías siempre superiores a las de cualquier mujer, cuyas imperfecciones resaltan al compararse con este ideal, mermando su autoestima y facilitando su confinamiento en el ámbito doméstico. Sin embargo, este oscuro retrato de la maternidad desde la mirada del patriarcado no es la única realidad. Precisamente por la creciente inclusión de las mujeres en el ámbito laboral y sobre todo porque son cada vez más las que se convierten en principales o únicas proveedoras de su hogar, también están ocurriendo cambios en las representaciones populares de la madre.

Poco a poco las mujeres han ido descubriendo y fomentando nuevas formas asociativas, fundamentalmente en el ámbito productivo, que tienden a mejorar las condiciones en las que sus iniciativas compiten con las lideradas por varones. Precisamente las expectativas que la sociedad tiene de las madres las hacen más eficientes y competitivas. A su vez, esta creciente autonomía conduce a replantear las nociones de fertilidad como máximo valor femenino. Las mujeres ya saben que no son simples reproductoras de la especie, y al ponerle límites a su capacidad reproductiva también recuperan el dominio sobre sus propios cuerpos, que no deben pertenecer a nadie más que a ellas.

La maternidad es, pues, mucho más que las dulces imágenes que la publicidad produce en estas fechas para estimular el consumo; es el eje sobre el que se mueve la vida en sociedad. Por eso es que fechas  como la de hoy merecen ser celebradas, como justo reconocimiento de aquello que sólo las mujeres pueden hacer.

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