Editorial

Narcovuelos

Detrás de esta red criminal se ha tejido un entramado que está corroyendo a la sociedad

La Razón / La Paz

01:49 / 26 de noviembre de 2013

A raíz de la emboscada que el 19 de octubre sufrió un contingente militar cuando se dirigía a erradicar cultivos de coca en Apolo, y que acabó con la vida de tres uniformados y un civil, Informe La Razón decidió sumergirse en torno al tráfico de cocaína, poniendo énfasis en los lazos que redes criminales han tendido entre Perú y Bolivia para alimentar este ilícito negocio.

Los resultados de esta investigación, publicados ayer, revelan que el tráfico de drogas entre ambas naciones goza de muy buena salud. Por ejemplo, según advierte el Jefe de la Dirección Antidrogas de la Policía del Perú, gran parte de la cocaína que se produce en las regiones vecinas de Alto Huallaga, Puno y sobre todo en el Valle de los ríos Apurímac, Ene y Mantaro (uno de los centros de producción más grandes del mundo, que en el pasado abastecía a los cárteles de Colombia) hoy es enviada al país. Es decir que Bolivia, siempre según la misma fuente, se ha convertido en el centro de acopio y cristalización de la pasta base y del clorhidrato de cocaína peruana.

Según un informe de la Fuerza Especial de Lucha Contra el Narcotráfico (FELCN), esta droga llega al país por agua (a través del lago Titicaca), tierra (por medio de al menos 11 rutas fronterizas) y aire (gracias a los famosos narcovuelos). Esta última vía, según los testimonios y documentos recabados por Informe La Razón, es la que más se ha incrementado desde 2007, debido a las limitaciones para controlar el espacio aéreo que existen en ambos países (la FELCN estima que entre tres y cuatro avionetas vuelan diariamente de Perú a Bolivia transportando droga). En territorio nacional la pasta base es purificada y luego enviada a los países vecinos, principalmente Paraguay, Argentina y Brasil, y desde allí viaja rumbo a África hacia su destino final: Europa.

Como es de suponer, detrás de esta red criminal, que se ocupa no sólo de producir y transportar droga, sino también de garantizar la provisión de la materia prima (precursores y hojas de coca), se ha tejido un entramado que está corroyendo a la sociedad y a las fuerzas del orden en ambos lados de la frontera. Por ejemplo, la revista Caretas señala que en los últimos tres años 127 policías peruanos fueron detenidos por narcotráfico y otros 66 por lavado de dinero. 

Éstos y otros datos nos recuerdan que el tráfico de drogas viene siempre acompañado de asesinatos, violaciones, corrupción generalizada, y —en el extremo— la desestructuración del tejido social. Por todo ello, urge adoptar medidas que contribuyan a identificar las causas estructurales y coyunturales que posibilitan la expansión del narcotráfico, con el fin de encontrar soluciones que combinen el rigor de la ley con la promoción de alternativas viables para el desarrollo de las comunidades dedicadas al cultivo de la hoja de coca.

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