Editorial

Nelson Mandela

Madiba fue uno de los pocos gigantes que el siglo XX le dio a la causa de la libertad.

La Razón (Edición Impresa)

00:00 / 08 de diciembre de 2013

El jueves 5 murió uno de los pocos gigantes que el siglo XX le dio a la causa de la libertad. El abogado, político y expresidente sudafricano, el líder africano e ícono global Nelson Rolihlahla Mandela se ha ido, dejando un legado digno de ser emulado en todos sus aspectos, y es que Madiba fue mucho más que el anciano de aspecto bonachón de sus últimos años.

En efecto, con la muerte de Mandela, cuya estatura moral permanece fuera de cualquier discusión, el mundo tiene ante sí un ícono de profunda influencia cuyos significados están todavía en construcción. Así, si bien no es posible poner en duda su liderazgo para transformar radicalmente la historia de su país, y dando con ello ejemplo al mundo entero, también se le reclama haber otorgado concesiones al poder blanco que aún hoy retiene formas de dominación sobre la mayoría negra en ese país africano.

Nacido el 18 de julio de 1918 en Transkei, fue uno de los 13 hijos del consejero principal de la casa real Thembu Gadla Henry Mphakanyiswa. Obtuvo el diploma de abogado en 1942, luego militó en la izquierda, siendo partidario de los métodos pacíficos en el contexto de la descolonización de su país. La matanza de manifestantes en la ciudad sudafricana de Shaperville en 1960 le hizo cambiar en favor de la lucha armada. En 1961 Mandela fue elegido secretario honorario del Congreso de Acción Nacional de Toda África, movimiento clandestino que adoptó el sabotaje como medio de lucha contra el régimen de la recién proclamada República Sudafricana, y se encargó de dirigir el brazo armado de esta organización. Detenido en 1962, fue condenado a cadena perpetua, que cumplió en condiciones inhumanas desde 1963 hasta 1990, cuando fue puesto en libertad debido a una enorme presión internacional.Los 27 años de prisión sirvieron para que se propusiera no revertir la dominación de unos sobre otros, sino reconciliar a ambos para construir el joven país. Sin embargo, Mandela no quería verse como un santo, de ahí que en su autobiografía escribió: “Un tema que me preocupaba profundamente cuando estaba en la cárcel era la falsa imagen que involuntariamente proyectaba al mundo exterior, de ser considerado como un santo que nunca fui, incluso si se define a un santo como un pecador que sigue intentándolo”.

Su labor de pacificación le valió el Nobel de la Paz en 1993 y un año después se convirtió en Presidente de Sudáfrica. Acabó con el brutal régimen del apartheid y estableció una Comisión de la Verdad en un gobierno no exento de conflictos con ambos bandos, que finalmente hoy están reconciliados, aunque la desigualdad económica sigue favoreciendo a los blancos.

Nelson Mandela debe ser, pues, el faro que ilumina el camino de la paz, del perdón, de la reconciliación, pero también es ejemplo de que la libertad se obtiene a través de la lucha y de la fidelidad con los principios.

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