Editorial

El Alto, hoy

Las permanentes disputas por el liderazgo político en El Alto solo postergan el desarrollo.

La Razón (Edición Impresa)

00:00 / 06 de marzo de 2016

La ciudad de El Alto, que hoy cumple 31 años como municipio autónomo, está escindida. No porque la población esté polarizada (en toda sociedad hay extremos, pero también puntos intermedios), sino porque las autoridades, nacionales, departamentales y locales están enfrascadas en una pugna por el liderazgo. Aunque comprensible, esa actitud desalienta el desarrollo.

En efecto, lo sucedido el 16 de febrero, cuando una marcha de la Federación de Padres de Familia degeneró en la quema de un edificio de oficinas municipales que se saldó con seis muertes y decenas de heridos, es una muestra de hasta dónde los apetitos políticos pueden dañar una movilización por legítimas demandas hasta el extremo de hacerlas desaparecer debajo del peso de la pugna entre partidos. Lo más grave de este caso es que la verdad del origen del infame ataque todavía no está ni remotamente cerca, y hay elementos de convicción para dudar de todas las partes involucradas.

Este estado de cosas, además de distraer la atención de lo verdaderamente importante (en el caso que se menciona: mejoras a la infraestructura escolar, un problema que se arrastra desde anteriores gestiones), afecta de manera directa a la institucionalidad. Comenzando por la relación entre el gobierno municipal y la Policía Boliviana, que tiene un mandato constitucional de proteger la seguridad de todas las personas sin importar su preferencia partidaria, hasta la imprescindible coordinación entre diferentes niveles gubernativos, que no deben ordenar las obras según preferencias políticas, sino en función del bien común.

Mantener la división política, y hacer esfuerzos por profundizarla, crea una perversa pedagogía, cuyo resultado no solo conduce a crear condiciones para la polarización, sino que también afecta al tejido social al multiplicar las representaciones de la sociedad civil, a menudo fracturando en dos o más facciones a los grupos organizados, que de este modo terminan siendo cooptados por las fuerzas políticas en pugna. El beneficio es para unos pocos, mientras que la mayoría percibe que poco o nada cambia en su calidad de vida.

La celebración de la efeméride de hoy pudo haber sido una buena ocasión para que las partes en conflicto, haciendo gala de buena voluntad, hubiesen buscado coincidencias sobre la base de su común interés en favorecer al pueblo alteño, que ha dado constantes muestras de valentía y patriotismo, pero también de ingenio, creatividad y gran capacidad para el emprendimiento productivo. Sin embargo, la celebración de actos paralelos es la muestra de que no hay tal voluntad.

Como hemos sostenido en anteriores ocasiones, El Alto debe dejar de ser potencia para convertirse en realidad actual. Mantener ocupada a la sociedad y a sus organizaciones en disputas por el liderazgo, sin comprender la urgencia de las demandas reales, solo posterga el desarrollo, y eso no es aceptable.

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