Editorial

Pandillas en El Alto

Los elevados niveles de pobreza  e inequidad explican el incremento de las pandillas

La Razón / La Paz

00:27 / 22 de mayo de 2013

El lunes, La Razón publicó un reportaje sobre el incremento de pandillas peligrosas en El Alto. La investigación revela que, para formar parte de uno de estos grupos, que se estima suman más de 200, los varones deben cometer delitos como robar, protagonizar golpizas o violar; mientras que a las mujeres se las obliga a tener relaciones sexuales con los miembros.

Por ejemplo, hace dos semanas, en una zona del Distrito 8, dos adolescentes, una de 14 años y la otra de 16, fueron violadas por cuatro integrantes de la pandilla New Boys (NB). Sin embargo, los gritos de las menores alertaron a los vecinos, quienes se organizaron e ingresaron en la vivienda donde ocurría el hecho. Ataron a los pandilleros y luego los entregaron a la Policía. Después se supo que la adolescente de 16 años ya había atravesado antes por este tipo de ritos de iniciación, y que si bien era el turno de la menor, la dueña de casa también fue ultrajada. 

Además de pagar su ingreso y permanencia con crímenes y delitos, cabe recordar que estos jóvenes y adolescentes, cuyas edades oscilan entre los 12 y 35 años, viven inmersos en un mundo cargado de violencia e injusticias, protagonizando confrontaciones permanentes en procura de controlar territorios y extender su influencia hacia otras zonas. Como “recompensa”, gozan de los beneficios que reporta ser parte de un grupo fuertemente cohesionado, alrededor de intercambios o prestaciones de ayuda mutua, incluso de privilegios sexuales, como antes se mencionó.

Ahora bien, junto con los problemas de disfuncionalidad o desintegración familiar, los elevados niveles de pobreza e inequidad explican el incremento de las pandillas. Muchos de los jóvenes que después forman parte de una pandilla crecen recibiendo una gran avalancha de estereotipos de familias acomodadas, pero sin tener ni la educación ni los medios para conseguirlos. Y esta crisis de expectativas insatisfechas se traduce en más frustración y mayores índices de criminalidad.

Abordar este desafío obliga a revisar la situación de la adolescencia y la juventud. Por ejemplo, las cifras de asistencia escolar caen de manera dramática en la adolescencia comparada con los niños. Según estimaciones del INE, en los estratos más pobres de la población sólo tres de cada diez adolescentes están escolarizados. Por otra parte, cerca de siete de cada diez adolescentes del nivel más desfavorecido están incorporados al mercado laboral.

Situación que debería motivar acciones desde el Estado y la sociedad civil. No podemos olvidar que la delincuencia, cuando crece, se convierte en un monstruo de mil cabezas, no sólo mucho más peligroso, sino también más difícil de contener. De allí la importancia de revertir la desigualdad y la exclusión social que afecta particularmente a la niñez y adolescencia, adoptando políticas públicas de inclusión social.

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