Editorial

El Papa en la cárcel

El más conmovedor de los actos en que participó el Pontífice fue la visita a Palmasola

La Razón (Edición Impresa)

00:00 / 12 de julio de 2015

La visita del papa Francisco a Bolivia ha conmovido a propios y extraños, y en más de uno de sus mensajes ha sabido llegar a los corazones de sus audiencias con gestos y palabras. El más conmovedor de los actos en que participó fue la visita a la cárcel de Palmasola, donde recibió el testimonio de dolor e injusticia como rasgos inherentes al sistema penal del país.

La visita del Pontífice a uno de los penales más poblados y conflictivos del país tuvo el balsámico efecto de transmitir esperanza a las y los privados de libertad, y aconsejar el modo cristiano de afrontar la tragedia de estar encarcelado en Bolivia. También ha tenido el efecto de dar a la población penitenciaria la posibilidad de discutir y lograr acuerdos de escala nacional, que a su vez ya se han transformado en un pliego petitorio al Gobierno con plazo perentorio incluido.

En la primera parte de la impresionante reunión entre el Papa y la población de Palmasola, tres reos, convictos por homicidio y arrepentidos de su crimen, tuvieron la enorme tarea de hacerle conocer la situación en que viven al menos 15.000 personas en las cárceles del país, de las cuales el 84% no tiene sentencia. El primero de ellos narró la dureza e indiferencia que se viven en el penal, y cómo se convirtió en líder de los reclusos para combatir los abusos.

La segunda en tomar la palabra, además de explicar la vida de las mujeres detrás las rejas, denunció las prácticas de jueces y fiscales, calificándolas de “terrorismo jurídico”; reveló que es más conveniente “comprar” a uno de los magistrados que contratar a un abogado. A los policías y administradores del penal no les fue mucho mejor en el testimonio de la reclusa.

Finalmente, el tercero en dirigirse al Obispo de Roma se refirió a las condiciones de vida dentro del penal, señalando que muchos duermen en el piso, sobre cartones, que el Estado asigna menos de un dólar al día por recluso para su alimentación y que no hay políticas de rehabilitación (exceptuando la formación que les brinda la pastoral penitenciaria).

En su respuesta, el papa Francisco llamó a los delegados, policías y personal administrativo del sistema penitenciario a dignificar a los internos y a no a humillarlos: “levantar el ánimo y no rebajar”; a los fiscales y administradores de justicia a brindar el servicio público para el que han sido contratados; “reclusión no es lo mismo que exclusión”, les recordó. A los privados de libertad les pidió que no se rindan, que resistan a la división —propiciada por el demonio, dijo— y que se apoyen en la familia y en la oración.

Mucho queda, pues, de ese intenso encuentro. Resta ahora ver si todos los aludidos responden a la altura del desafío. En este caso, al Estado le corresponde casi toda la responsabilidad y es urgente que comience por cambiar esa suerte de purgatorio en la Tierra en que se han convertido las cárceles bolivianas.

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