Editorial

Patrimonio en riesgo

Existen fraternidades que confunden tradición con barbarie, cultura con irresponsabilidad

La Razón (Edición Impresa) / Editorial

01:29 / 19 de febrero de 2015

No cabe duda de que el Carnaval de Oruro constituye una de las manifestaciones más significativas de nuestra cultura. Este festejo (que cada año congrega a miles de personas entre espectadores y bailarines) representa una oportunidad única para disfrutar en vivo del folklore nacional, a través de danzas, coreografías y composiciones cargadas de creatividad e historia.

Empero, no todo es positivo. Y es que, como en el resto de las entradas, existen fraternidades que confunden tradición con barbarie, preservación de la cultura con irresponsabilidad. Por caso, en la última entrada, los bailarines de la Morenada Central de Oruro, una de las más reconocidas del Carnaval, pusieron en evidencia, una vez más, uno de los aspectos más perniciosos de esta fiesta: el empleo de animales en peligro de extinción para la confección de los trajes.

En efecto, el sábado, cada uno de los más de 800 danzarines de esta comparsa no solo manifestó su profunda devoción hacia la Virgen del Socavón, sino que también hizo gala de uno de sus “símbolos” tradicionales: matracas construidas con caparazones y restos de quirquincho, un animal que se encuentra en serio peligro de extinción. Esto pese a la gran cantidad de leyes y normas que prohíben el uso y el tráfico de animales silvestres, con penas de hasta tres años cuando se trata de especies amenazadas, como es el caso de los armadillos.

De hecho, semanas atrás la Ministra de Medio Ambiente y Agua informó que durante los festejos carnavaleros se iban a realizar controles para evitar estos ilícitos y hacer cumplir la ley. Y lo propio hicieron las autoridades de la Gobernación de Oruro y los dirigentes de la Asociación de Conjuntos Folklóricos. No obstante, como se pudo apreciar el sábado con la Morenada Central de Oruro y con otras comparsas que también gustan de emplear pieles, plumas y restos de animales para la confección de sus trajes, las buenas intenciones se quedaron en el papel.

Consultados sobre el empleo de quirquinchos como matracas, las y los morenos respondieron que se trataba de “instrumentos” que fueron adquiridos el año pasado en Bs 200. En el caso de las mujeres, el precio fue un poco menor, pues se trataba de armadillos “bebés”.  Y ante el cuestionamiento por los impactos de esta costumbre, se limitaron a deslindar su responsabilidad, argumentando que “son otros los culpables, aquellos que cazan a los quirquinchos; nosotros nos limitamos a reproducir una tradición que no se puede perder”.

Respuestas que ponen en evidencia no solamente la gran falta de respeto hacia las leyes, sino también una evidente ignorancia respecto a la importancia del patrimonio natural del país para el bienestar de las actuales y futuras generaciones, que deviene sin duda desde una mirada egocéntrica, mercantilista, que concibe a la naturaleza sencillamente como un objeto para provecho del hombre.

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