Editorial

Patrimonio en riesgo

Con el accidente, el Carnaval de Oruro perdió resplandor y develó algunas de sus miserias.

La Razón (Edición Impresa)

00:00 / 09 de marzo de 2014

El Carnaval de Oruro fue reconocido por la Organización de las NNUU para la Educación, la Ciencia y  la Cultura (Unesco) como parte de un selecto grupo de manifestaciones intangibles fundamentadas en la tradición de un pueblo que expresa su diversidad cultural y social, y que por responder a fuerzas de creatividad permanente debe tener una garantía para su conservación.

Para salvaguardar sus legados culturales, las naciones establecen declarar patrimonio cultural inmaterial de la humanidad a todo tipo de expresión que cumpla con la práctica, representación, expresión y preservación de una tradición. En este sentido y considerando el estatus que tiene el Carnaval de Oruro, es necesaria una evaluación respecto a las acciones y hechos que atentan contra este patrimonio, como por ejemplo la tragedia sucedida en la reciente versión de la “majestuosa” entrada folklórica.

El principal elemento a considerar en el análisis es la amplitud y pertenencia de este hecho cultural. Tal como menciona la declaratoria patrimonial de la Unesco, el Carnaval de Oruro ahora pertenece a la humanidad en su conjunto, pero su salvaguarda corresponde a quienes habitan en el entorno del desarrollo de la práctica. En sentido estricto, no es la Asociación de Conjuntos Folklóricos de Oruro o la Alcaldía orureña, ni un grupo de empresarios o el Ministerio de Culturas los “dueños” del Carnaval, sino la raza humana en su conjunto y estas instituciones tienen el rol únicamente de albaceas responsables de su reproducción en el tiempo.

Lastimosamente, la realidad es que existe un “loteamiento” irresponsable y nada coordinado de esta manifestación cultural, entre instituciones incapaces de asumir responsabilidades por su preservación y que, cuando ocurre un hecho accidental como el fatídico del sábado, brillan por su ausencia, deslindando responsabilidades y convirtiendo la peregrinación en un mero espectáculo folklórico en medio de un festejo descontrolado en el que no se derrocha alegría, sino desenfreno como forma de vida que gobierna por el lapso de tiempo que dura el Carnaval.   

Es necesario enfatizar, una y otra vez, que no son los dirigentes folklóricos de la megaasociación o de cada fraternidad que la conforman, ni los políticos de turno que ejercen autoridad temporal en la Gobernación o la Alcaldía de Oruro los dueños, sino son guardianes responsables, no únicamente del desarrollo de la entrada/peregrinación, sino del entorno que hace a la festividad. Asimismo, deben ser capaces de asegurar la provisión de infraestructura física y de servicios con calidad certificada a los participantes para que el Carnaval de Oruro, además de “majestuoso”, sea ¡seguro! Caso contrario será un lamento boliviano. Con lo sucedido el sábado, esta importante representación cultural perdió parte de su resplandor y develó algunas de sus miserias.

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