Editorial

Paz en Colombia

Toda guerra deja indefectiblemente tras de sí un reguero de terror, muerte, odio y pobreza.

La Razón (Edición Impresa)

00:22 / 27 de septiembre de 2016

Ayer, el presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, y el comandante de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), Rodrigo Londoño, alias Timochenko, suscribieron oficialmente el acuerdo de paz alcanzado en La Habana luego de casi cuatro años de negociaciones, dando así un paso fundamental para poner fin al conflicto armado más largo de la región. Se trata sin duda de un hecho histórico, tanto más anhelado por cuanto toda guerra deja indefectiblemente tras de sí un reguero de terror, muerte, odio y pobreza. Por ejemplo en el caso de Colombia, además de cerca de 220.000 asesinatos documentados, los conflictos internos han dejado en los últimos 55 años 45.000 desaparecidos, cerca de 2.000 masacres, más de 27.000 secuestros, al menos 2.000 víctimas de violencia sexual y cerca de 6 millones de desplazados, entre muchas otras cifras registradas en 2013 por el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) en el informe titulado Basta ya.

Este escenario dantesco nos recuerda, por un lado, lo absurdo que resulta intentar combatir la violencia con más violencia, ya que esta lógica únicamente logra profundizar aún más cualquier conflicto; y por otro, que asumir la violencia como una herramienta de reivindicación lejos de convertirse en un medio de erradicar la opresión sirve solo para perpetuarla y profundizarla. Y frente a esta realidad no queda más opción que la de buscar la paz a través del diálogo, sobre la base de acuerdos sólidos, justos y factibles para que prevalezcan en el tiempo.

Y eso es justamente lo que está intentando consolidar el gobierno de Juan Manuel Santos, un alto el fuego definitivo, reconociendo el dolor, la reparación y atención que merecen las víctimas; encarando al mismo tiempo, con políticas concretas, los problemas que dieron origen en un principio al conflicto (la inequitativa posesión de la tierra y la pobreza en Colombia); aplicando una justicia imparcial y ecuánime a los que cometieron delitos de lesa humanidad durante el devastador conflicto; y por último, ofreciendo alternativas reales a quienes estén dispuestos a abandonar las armas.

Se trata sin duda de una tarea en extremo compleja, que evidentemente no va a lograr apaciguar la sed de justicia e incluso de venganza de muchas de las víctimas que han sufrido por culpa de la guerra y la angurria de los hombres, pero que de todas maneras debe encararse, pues constituye la única alternativa real para dejar atrás el odio y la muerte, y así poder proseguir hacia adelante. Por todo ello, es de esperar que las autoridades y los guerrilleros colombianos estén a la altura de este gran desafío, y que todo el pueblo de Colombia decida acompañar esta cruzada no solo con su voto, el 2 de octubre, sino también con acciones y sacrificios, enmarcados en una lucha, esta vez pacífica, por un país más próspero y más justo.

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