Editorial

Plan de contingencia

Se deben evitar gastos suntuosos (burocracia) e inversiones que no generen rentabilidad.

La Razón (Edición Impresa)

01:59 / 10 de agosto de 2015

La tendencia a la baja que experimentó el precio del petróleo en los mercados internacionales durante las últimas cinco semanas ha sido coronada este último viernes con la menor cotización, en un año en el que el barril de crudo ha alcanzado un inquietante precio de $us 43,75. Como dirían los expertos en gestión de riesgos, “alerta naranja, alerta naranja”.

Esta situación no puede ser minimizada, obviada y mucho menos subestimada por quienes son los responsables del sector hidrocarburífero del país, sino que debe asumirse como una amenaza, en el corto plazo, que debe ser encarada con la mayor de las responsabilidades para mitigar a tiempo los posibles efectos negativos que conlleva la caída en la cotización del precio del “oro negro” y en tándem, del gas.

En este sentido y en postrimerías de lo inminente materializado en una muy probable caída sostenida en los valores de venta de gas, lo primordial es contar con un plan de contingencia que defina el camino crítico para que el país vaya a sortear de mejor manera las consecuencias en la reducción de la renta del preciado gas, que yace en las entrañas de la Pachamama.

Ahora bien, ¿qué debiera establecerse en el plan de contingencia? Primordialmente son al menos cuatro las acciones de reacción inmediata.

Primero, evitar a toda costa incrementar el nivel de endeudamiento interno y externo, porque en la medida en que los ingresos desciendan y los intereses financieros se incrementen (aumentos en las tasas de interés internacionales y locales), las presiones sobre el déficit fiscal serán mayores con posibles efectos inflacionarios. Segundo, se debe iniciar un proceso de austeridad pública en las cuentas nacionales, eliminando, o por lo menos reduciendo, gastos suntuosos (burocracia) e inversiones que no generen rentabilidad social y efectos multiplicadores en el bienestar.

Tercero, urge identificar nuevas fuentes de ingreso fiscal, incorporando de manera inmediata a sectores y segmentos de la economía que se encuentran al margen de la economía formal y fuera del alcance del Servicio de Impuestos Nacionales (SIN), institución que en contrapartida, además de “exprimir” a los contribuyentes legales, debería intensificar su labor de recaudación a los informales.

Finalmente, y como acción de mediano plazo, hay que acelerar los procesos de industrialización y generación de emprendimientos con la suficiente capacidad para generar empleos, ingresos y mercados sostenibles en tiempos de cólera económica.

Un plan de contingencia consensuado y aceptado con la sociedad civil es la mejor manera de sincerar los posibles escenarios futuros que podrían enfrentar la economía nacional y los bolsillos de la población, y cuanto antes se lo ejecute mejor, y así evitar “llorar” sobre el petróleo derramado.

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