Editorial

Prejuicios de peligro

Puig concluye que el homosexualismo no es una degradación, un vicio o una enfermedad

La Razón (Edición Impresa) / La Paz

01:11 / 03 de julio de 2014

Las declaraciones del diputado Roberto Rojas respecto al comportamiento de dos activistas del colectivo Mujeres Creando, que el viernes anterior se besaron en la plaza Murillo y protagonizaron otros actos de protesta, ponen en evidencia algunos de los prejuicios que aún persisten en la población respecto a la homosexualidad, como el pensar que se trata de una enfermedad.

Cabe recordar que este tipo de prejuicios muchas veces se traducen en acciones de repudio y de violencia, que no se pueden tolerar. Y es que los individuos que ponen en crisis los parámetros establecidos como normales en una sociedad generalmente son vistos como una amenaza que debe ser evitada, excluida e incluso eliminada. Extremo que por ejemplo acaba de ser institucionalizado en Brunéi, con la reciente aprobación de la pena capital —con lapidación— para adúlteros y homosexuales.

De allí la necesidad de rebatir las hipótesis sobre el origen físico y social de la homosexualidad. Una de las más extendidas sostiene que la conducta sexual “anormal” proviene de un desequilibrio de la proporción de hormonas masculinas y femeninas, presentes ambas en la sangre de los dos sexos. No obstante, las diferentes pruebas efectuadas tanto entre varones como mujeres han revelado que la elección del sexo de la pareja no guarda ninguna relación con la actividad hormonal. Por ejemplo, en el estudio Homosexualidad, los aspectos endocrinológicos, citado por el escritor argentino Manuel Puig (quien era homosexual) en los pies de página de la novela El beso de la Mujer Araña, se explica que el suministro de hormonas masculinas a varones homosexuales solo aumenta el deseo que sienten por el tipo de actividad sexual a la que están habituados. Mientras que en los heterosexuales, la administración de hormonas femeninas no despierta deseos homosexuales, solamente redunda en una disminución de la energía sexual; y    lo propio ocurre con las mujeres.

Además de mitos físicos, existen interpretaciones carentes de sustento científico como aquella que considera a la homosexualidad como un vicio que se adquiere durante la juventud o la infancia. Al respecto, Puig aclara que un homosexual no puede desarrollar una conducta sexual “normal” aunque se lo proponga, ora por voluntad propia, ora a través de terapias, lo que revela que este tipo de inclinaciones no son un vicio.

Luego de un exhaustivo estudio bibliográfico, coincidiendo con Freud, el escritor argentino llega a la conclusión de que el homosexualismo no es una degradación, un vicio o una enfermedad, es más bien una variante de las funciones sexuales que se origina a través de la identificación inconsciente de un niño con su madre. Por tanto, al rechazar el mundo opresor que el padre le propone, el niño “está tomando una determinación libre, y, más aún, revolucionaria, puesto que rechaza el rol del más fuerte”, sostiene Puig.

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